02 de Abril de 2026
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"El problema de la guerra es el olvido"

Carlos Omar Ardito, veterano de Malvinas, revive el frente y la posguerra: el frío, las pérdidas y un regreso marcado por el abandono. Un testimonio sobre lo que quedó después de la guerra.

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Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac.

 

 

 

Un joven soldado rumbo a lo desconocido

 

Carlos Omar Ardito perteneció a la Compañía de Ingenieros Mecanizada 10 del Ejército Argentino, con asiento de paz en 1982 en Pablo Podestá, provincia de Buenos Aires. Tenía apenas 23 años y el grado de Cabo 1° cuando fue convocado para defender el país. Se desempeñaba como Jefe de Grupo Apoyo (armas pesadas) y tenía a su cargo diez soldados conscriptos.

 

“Yo no tenía noción, ni sabía que existían”, recuerda sobre su primer contacto con el nombre de las Islas Malvinas. Estaba de vacaciones cuando lo llamaron de urgencia. En pocos días, el destino ya estaba marcado.

 

El traslado fue inmediato: desde Ezeiza a La Plata, luego al sur, hasta embarcar rumbo a las islas. “El avión no paraba… nos decían que teníamos que ir tirándonos y saltar”, cuenta sobre su llegada en un Hércules, en medio de la tensión por posibles bombardeos.

 

 

 

El despliegue en las islas

 

Ardito arribó a Malvinas el 14 de abril de 1982. Tras su llegada a Puerto Argentino, fue desplazado junto a su unidad a distintas posiciones estratégicas: Arroyo Caprichoso, Monte Dos Hermanas y nuevamente Puerto Argentino. Allí, los zapadores minaron los alrededores de la casa del gobernador británico Rex Hunt.

 

Finalmente, su destino fue el campo de antenas cercano a la pista del aeropuerto en la Isla Soledad. La misión era clara: defender la costa ante un posible desembarco de buzos tácticos británicos.

 

“La función de la compañía de ingenieros era hacer voladuras y colocar campos minados… y a su vez combatir”, explica. En su caso, como conductor motorista, acompañaba esas tareas en un escenario que no daba margen de error.

 

 

 

Vivir bajo fuego constante

 

Si hay algo que marcó su experiencia fue el desgaste extremo. “Lo peor fue el poco descanso… no poder dormir, no poder comer. Tenés que estar alerta constantemente”, relata.

 

Los bombardeos eran permanentes. “Eran las 24 horas bombardeo… eso psicológicamente al excombatiente lo hace pedazo”. En ese contexto, aprendieron a reconocer el peligro por el sonido: “Cuando silbaban despacito, yo le decía a mi soldado: ‘cubrámonos porque esta cae cerca’”.

 

El sector donde se encontraba era especialmente castigado, por la cercanía de cañones de artillería y un radar defensivo que convertían la zona en un blanco constante.

 

 

 

El frío, el agua y la resistencia

 

Las condiciones eran extremas. Las posiciones consistían en pozos cavados en una tierra que no daba tregua. “El problema era que vertía agua de abajo y de los costados”, explica.

 

Una noche, en medio de la oscuridad total, un soldado lo despertó: “Mi cabo primero, me parece que usted se hizo pichí”. La respuesta llegó al amanecer: “Teníamos el agua por la cintura, estábamos totalmente mojados”.

 

El frío, la humedad y la falta de descanso generaban enfermedades como el pie de trinchera y hongos. Aun así, destaca que en su compañía recibían abrigo y medias secas con cierta regularidad, algo que no todos podían decir y que hoy agradece. 

 

 

 

Compañeros, heridas y pérdidas

 

En medio del horror, también surgían gestos de valentía. Uno de los recuerdos más fuertes es el del cabo Capobianco, que intentó llevar comida caliente a sus compañeros. Una explosión dio vuelta el vehículo y lo dejó gravemente herido.

 

“Cuando le sacaban la ropa, se le salía la piel… se le veía el hueso”, recuerda. A pesar de todo, se negó a ser evacuado: “Yo de acá no me muevo. Vine con mis compañeros y vuelvo con mis compañeros”.

 

No todos sobrevivieron. De su grupo de diez soldados, uno murió al intentar buscar leña. “Se tiró al agua con todo el equipo y murió ahogado y congelado… todo por ir a buscar un poco de leña”, relata con dolor.

 

 

 

La otra guerra: la posguerra

 

Para Ardito, el conflicto no terminó en las islas. “El problema de la guerra es la guerra propiamente dicha y después la posguerra. Y lo más grave, la posguerra porque ahí viene el olvido de la gente mía, de la gente del Ejército”, afirma.

 

El abandono y la falta de contención psicológica marcaron a muchos veteranos. “Después de 40 años me hicieron el primer examen psicológico… 40 años”, dice. Muchos compañeros no lograron sobrellevarlo y Ardito lo lamenta profundamente.

 

Las reuniones entre excombatientes se volvieron dolorosas. “Cada vez que nos juntábamos era para malas noticias”.

 

 

 

El sostén y la memoria viva

 

En ese contexto, la familia fue clave. “Si no hubiese tenido a mi mujer y a mis hijos, hubiera sido diferente”, reconoce.

 

Con los años, también percibió un cambio en la sociedad: “Antes la gente no le daba tanta bolilla al veterano… ahora veo más acompañamiento”, especialmente en las vigilias del 2 de abril.

 

Hoy, ya retirado tras una extensa carrera en el Regimiento de Caballería de Exploración 3 “Coraceros General Pacheco”, vive en Esquel junto a su familia. Pero su rol no terminó con el uniforme.

 

“Acá tienen la historia que camina por la calle”, dice. Y agrega: “A ningún veterano le van a decir que no cuando le hagan una pregunta”. Porque su testimonio no es solo recuerdo: es memoria viva. Una historia que sigue latiendo, mucho después de la guerra.

 

 

Agradecemos enormemente a Carlos por brindarnos esta entrevista y dejarnos compartir su experiencia.

 

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