08 de Febrero de 2026
sociedad |

Entre lo humano y lo animal: qué hay detrás del fenómeno Therian

La tendencia que crece en redes llega al espacio público del país. En el interior, la identidad sobrevive en la privacidad mientras las grandes ciudades lideran la visibilidad.

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El paisaje de las plazas argentinas empezó a mostrar una postal que a muchos nos dejó recalculando en este inicio de febrero. Lo que para cualquier vecino distraído parece un juego de chicos saltando en los parques, es en realidad el desembarco de una subcultura que viene pisando fuerte en el mundo digital y ahora se animó al cemento. Estamos hablando del movimiento Therian, este grupo de personas que sienten una conexión interna y espiritual con los animales, y que finalmente rompió la burbuja de TikTok para ganar lugar en las ciudades. Pero ojo, porque para entender de qué viene la mano no hay que confundirlos con otros grupos que andan dando vueltas por ahí, así que para que no se mezclen los conceptos, te cuento todo el lore. Por un lado tenemos a los furros o furries, que básicamente son fanáticos de los animales con rasgos humanos. Para un furro la movida pasa más por lo artístico y lo creativo; les gusta diseñar sus propios personajes, dibujar y, en los casos más dedicados, armar trajes impresionantes para ir a convenciones. Es algo lúdico, un hobby donde se divierten siendo otra versión de sí mismos pero sin dejar de sentirse humanos. En la otra vereda están los therians, y acá la cosa se pone más profunda. Para ellos no es un disfraz ni un pasatiempo, sino una identidad interna. Sienten que su esencia o su alma es, en algún nivel, la de un animal específico, y por eso practican la cuadropedia o usan accesorios que los ayuden a conectar con ese instinto que llevan adentro. Mientras el furro disfruta de una ficción, el therian vive una realidad espiritual que intenta encajar con su vida cotidiana.

 

Esta movida nos hace acordar inevitablemente a lo que pasaba en los años 90 con los góticos o, más cerca en el tiempo, con el estallido de los emos y los floggers a mediados de los 2000. En aquel momento, el flequillo largo, los pantalones chupín o las zapatillas de colores eran la forma que tenían los pibes de decir "no encajo en el sistema tradicional" y de buscar a sus iguales en lugares emblemáticos como las escalinatas del Abasto. Incluso algo similar ocurría con los otakus, que se disfrazan con su personaje predilecto, de series, películas o animés favoritos, vigentes hasta hoy con algunas diferencias. Los Therians hoy están haciendo algo muy parecido, pero con las herramientas de su época: donde antes había un Fotolog o un Messenger, hoy hay un algoritmo de TikTok. En el fondo, la esencia es la misma de siempre: esa necesidad adolescente de diferenciarse del mundo adulto y encontrar una "manada" propia donde las reglas las pongan ellos.

 

Este boom se nota mucho más en las grandes capitales como Buenos Aires, Mendoza o Córdoba, donde el anonimato de la multitud ayuda a que se animen a copar las plazas sin tantas vueltas. Los videos virales en el Barrio Chino porteño fueron el empujón que faltaba para que muchos salieran del cuarto a la calle. Pero el dato clave es que el fenómeno no es solo de las metrópolis. En ciudades más chicas, como las nuestras acá en la cordillera, los therians también están, lo que pasa es que el control social es otra historia. En lugares donde nos conocemos todos, la exposición pública es una barrera mucho más alta y por eso muchos prefieren mantener su identidad bajo perfil, moviéndose en grupos de confianza o en el ámbito privado mientras la tendencia se termina de asentar en el resto del país. Es un fenómeno que nos invita a mirar cómo las nuevas generaciones buscan su lugar y su pertenencia en un mundo que a veces parece haber perdido el rastro de lo natural.

 

 

 

E.B.W.

 

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