Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac.
Hay decisiones que cambian una vida. Para Germán Pasini, una de ellas empezó con un viaje de mochilero por la Patagonia. Había nacido y crecido en Hurlingham, en el oeste del Gran Buenos Aires, y estudiaba Ingeniería Electrónica. Pero algo no terminaba de encajar.
Años después de haber comenzado la carrera, comprendió que su camino era otro.
"Me di cuenta de que me gustaba trabajar con adolescentes y empecé a dar clases particulares. Un día mi mamá me escuchó hablar de eso y me dijo: 'Te escucho y veo que te gusta lo que estás haciendo'. Ahí dije: bueno, anotémonos en el profesorado".
Ese cambio de rumbo sería apenas el primero de muchos.
Una mochila, una bicicleta y un nuevo comienzo
En 1999 llegó por primera vez a la cordillera como mochilero junto a unos amigos. Descubrió el Parque Nacional, conoció el voluntariado y quedó cautivado por la montaña.
Al año siguiente regresó como voluntario. Allí conoció a personas que terminarían abriéndole una puerta inesperada: una entrevista informal con María Esther Evans, entonces directora de la Escuela Puerta del Sol.
Pocos días después, ya de regreso en Buenos Aires, recibió el llamado que cambiaría definitivamente su destino: "Me ofrecieron horas en la escuela. Así que el 14 de febrero de 2001 me vine para estos lados."
La mudanza fue sencilla. O, mejor dicho, valiente. "Agarré la mochila. La mitad eran libros, la otra mitad ropa. Traje la bicicleta y listo", nos cuenta.
Solo había una duda que le pesaba antes de partir: dejar a una sobrina pequeña, de apenas seis años, con quien tenía un vínculo muy fuerte.
Sin embargo, la montaña pudo más: "Cuando conocí la montaña dije: me tengo que ir a algún lugar donde haya esto. Y nunca me arrepentí."
Aprender a enseñar
Los primeros años fueron intensos. En una época en la que escaseaban los profesores de matemática, las horas sobraban: "Con otros compañeros llegábamos a tener casi 80 horas semanales. Era mañana, tarde y noche."
Pero el desafío no era la cantidad de trabajo. Era aprender a enseñar.
"La matemática tiene más fama de difícil de lo que realmente es. Lo complicado es encontrar la manera de explicarla. Uno la entiende, pero después tiene que meterse en la cabeza del que no la entiende y descubrir cómo la está viendo", asegura Germán.
Con el tiempo comprendió que enseñar matemática iba mucho más allá de los números: "La matemática desarrolla la lógica, una forma de pensar. Es otro lenguaje. Lo importante no es solamente sumar o dividir, sino todo el desarrollo mental que genera."
El profesor tímido que encontraba confianza frente al pizarrón
Quienes compartieron un aula con Germán probablemente lo recuerden seguro, sereno y dueño de una presencia tranquila.
Pocos imaginarían que, al comenzar su carrera, hablar frente a un curso le provocaba un miedo enorme.
"Soy re tímido. Las primeras clases terminaba y salía con los nervios de punta. Me ayudó muchísimo la docencia para fortalecerme y confiar más en mí mismo", reconoce.
Con los años aprendió que cada grupo era distinto: "No existen chicos buenos o chicos malos. Existe un contexto. Hay cursos donde se potencian para bien y otros donde se potencian para mal."
Beethoven durante las pruebas
Con el tiempo aparecieron pequeñas costumbres que terminaron convirtiéndose en su sello personal.
Mientras los estudiantes rendían evaluaciones, en el aula sonaban Beethoven, Mozart o bandas sonoras de películas.
Muchos protestaban al principio: "Me decían que no se podían concentrar. Y justamente esa era la idea: aprender a abstraerse del ruido. En la vida uno no siempre trabaja en silencio."
La música no tenía letras. Solo melodías capaces de acompañar el momento.
Con el correr de los meses ocurría algo curioso: "Después ni se daban cuenta de que estaba sonando."
También acostumbraba escribir frases motivadoras en el pizarrón antes de comenzar la clase.
Con el tiempo esas pequeñas marcas terminaron identificándolo tanto como la matemática: "A veces me recuerdan más por eso que por la materia."
Una escuela que cambió
Después de más de dos décadas en las aulas, Pasini observa una transformación profunda del trabajo docente.
Ya no alcanza con preparar una buena clase: "Hoy de la materia trabajás un veinte por ciento. Todo lo demás son mensajes, planillas, trámites, situaciones que aparecen alrededor del aula."
También le preocupa el lugar que ocupa el teléfono celular.
Lejos de rechazar la tecnología, sostiene que la escuela necesita volver a poner el foco en el aprendizaje.
"Para muchos chicos el celular es como un tercer brazo. Pero también necesitan descubrir que pueden estar bien sin él", nos recuerda.
Durante los últimos años adoptó una regla clara: "Después de avisar varias veces, si veía un celular durante la clase era un uno. Funcionaba."
La despedida más difícil
Aunque inició los trámites jubilatorios convencido de que era el momento, la despedida terminó siendo mucho más difícil de lo que imaginaba.
Cada última clase tenía un sabor distinto: "Entraba a una escuela y pensaba: este es el último martes que entro acá. Ahí empezó a movilizarse todo."
Todavía hoy siente que el cuerpo conserva la rutina de tantos años.
"No me puedo sacar el chip. Sigo pensando qué curso tendría el lunes, qué tengo que preparar. Hasta la última semana llevaba la valija con las listas. Después me preguntaba: ¿para qué la llevo si ya no la voy a usar?", cuenta Germán.
Más que extrañar el trabajo, siente que todavía tiene mucho para ofrecer: "Después de tantos años queda una experiencia acumulada enorme y dan ganas de poder brindarla de alguna manera."
Un mensaje para quienes eligen enseñar
Antes de terminar la conversación, Germán vuelve a hablar de la matemática. O, en realidad, de la enseñanza.
Cree que un profesor necesita comprender profundamente aquello que enseña para poder encontrar distintas maneras de explicarlo.
Pero, sobre todo, insiste en no perder de vista el verdadero objetivo: "A mí me contrataron para enseñar matemática. Hay muchas otras cosas alrededor, pero no hay que olvidarse de eso. Los chicos tienen una capacidad enorme y nosotros tenemos la responsabilidad de ayudar a desarrollarla, no de achatarla."
Después de más de veinte años frente al pizarrón, quien alguna vez llegó a Trevelin con una mochila cargada de libros entiende que las ecuaciones fueron apenas una excusa.
Lo que realmente enseñó —y aprendió— fue otra cosa: que cada alumno necesita encontrar su propio camino para comprender el mundo. Y que, a veces, una clase puede dejar una huella mucho más duradera que cualquier resultado correcto escrito sobre un papel.
Agradecemos enormemente a Germán por su tiempo, esta entrevista y los consejos.