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10 de Mayo de 2026
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Marisa Gómez, la docente que encontró en la escritura una nueva forma de enseñar

Llegó desde Santa Fe con una valija llena de sueños y terminó construyendo una vida atravesada por la educación, la literatura y el amor por Esquel. “Siempre hice lo que me gustaba”, asegura.

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Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac.

 


De Santa Fe a la Patagonia

 

Marisa Gómez todavía recuerda con precisión aquella tarde del 18 de febrero de 1982 en la que llegó por primera vez a Esquel. Venía desde un pequeño pueblo de Santa Fe, recién casada, sin conocer a nadie y con una mezcla de incertidumbre y esperanza que todavía hoy la emociona.

 

“Llegué a las seis de la tarde. Estaba divino, sin una gota de viento, un sol espectacular. Y me enamoré”, cuenta con una sonrisa que parece volver a colocarla en ese instante exacto.

 

Nació en San Justo, en el norte santafesino, “un pueblo hermoso cortado por la Ruta 11”, describe. Allí cursó toda su infancia y adolescencia antes de mudarse a Paraná para estudiar el profesorado de Matemática, Física, Cosmografía y Ética.

 

Pero ejercer la docencia no era sencillo. “Estaba en la lista 150, 189, 204. Siempre estaba ‘a punto’ de tener horas y nunca llegaban”, recuerda. Entonces, junto a quien era su marido, tomaron una decisión que cambiaría sus vidas: venir a la Patagonia.

 

“Llamábamos por teléfono a todos lados porque no había redes, no había celulares, no había nada. Desde Ushuaia hasta Comodoro. Y de Esquel me atendió Alfredo Sánchez, supervisor de la Escuela Politécnica. Me dijo: ‘Te espero en febrero’. Corté y le dije a mi marido: ‘Si nos casamos, nos vamos’. Y nos vinimos”.

 

 

 

Una vida construida desde cero

 

Los comienzos fueron modestos, pero felices. Vivieron durante seis meses en una habitación del Hotel Huemul, separando ambientes con cortinas blancas con flores celestes y usando un calentador a resistencia para pasar el invierno.

 

“Hicimos el living por un lado, el comedor por el otro, el dormitorio por el otro… y así vivimos”, recuerda entre risas.

 

Al día siguiente de llegar, fue a la Escuela Politécnica. Allí conoció a María Elba Bersier, una mujer a la que define como “amorosa” y fundamental en sus primeros pasos en la ciudad.

 

“Ese mismo día ya tenía mesa de examen y empecé a conocer a todos los docentes. Entre mate y mate íbamos aprendiendo juntos”.

 

La escuela se convirtió rápidamente en su lugar en el mundo. Fue docente, regente, vicedirectora y finalmente directora durante años.

 

“Amé el rol de directora. Los alumnos eran mi leitmotiv desde que entraba hasta que salía”, asegura.

 

 

 

La educación como motor

 

Durante más de dos décadas atravesó transformaciones educativas, participó de la implementación de la Ley Federal de Educación y recorrió la provincia trabajando en proyectos pedagógicos.

 

“Era una ley que rompía estructuras viejas. Había una mirada más global y aparecieron nuevas herramientas para acompañar a los chicos”, señala.

 

Marisa recuerda aquellos años como tiempos de cambios profundos, donde la tecnología comenzaba a modificar las formas de enseñar y aprender.

 

“Era una revolución poder comunicarnos con un teléfono entre la dirección y el taller. Antes teníamos que correr de un lado a otro”, dice, comparando esa época con la actualidad atravesada por celulares y computadoras.

 

 

 

El descubrimiento de la escritura

 

Pero mientras dedicaba su vida a la educación, otra pasión crecía silenciosamente: la escritura.

 

“Lo tuve siempre”, dice cuando habla de su amor por las letras y las ciencias.

 

Durante años escribió una columna llamada Uno más uno es dos, sos vos, donde acercaba conceptos matemáticos y físicos al público general. Más adelante, ya desde la supervisión educativa, comenzó a escribir literatura.

 

“El disparador fue un taller municipal con Nené Guitart. Ahí empecé con cuentos y después vinieron las novelas”, relata.

 

Hoy escribe cuentos cortos, intensos y de finales inesperados. Dice que las historias nacen de imágenes cotidianas: “Veo una imagen y ahí empieza todo. Escribo muchísimo y después quedan dos páginas”.

 

También destaca la importancia de la corrección y de dejar que otro lea sus textos.

 

“Cuando uno escribe no puede separarse de su propia escritura. La distancia la puede tomar otro”, reflexiona sobre el trabajo compartido con Guitart.

 

 

 

El valor de los vínculos y los sueños

 

En su recorrido hubo alegrías profundas y dolores imposibles de nombrar sin emoción. Habla de sus hijas, Geraldina y Juliana, esta última fallecida a los cinco años. También de sus nietos, de su pareja actual y de la necesidad constante de seguir creando.

 

“Hace poco cumplí 67 años y me cuesta decirlo”, admite. “Pienso que lo que falta es muchísimo menos que lo que ya viví. Y eso me desespera. Necesito hacer más cosas, escribir más, seguir soñando”.

 

Para Marisa, los vínculos se sostienen desde valores simples pero fundamentales.

 

“Ser auténtico. Para mí eso es clave. Y la sinceridad. Los principios y los valores no los negocio nunca”, afirma.

 

 

 

Seguir escribiendo la vida

 

Aunque asegura no tener cuentas pendientes, sí conserva sueños intactos.

 

“Sueño con publicar esta novela. No sé cuándo saldrá, pero va a salir”, dice convencida.

 

Y mientras habla, queda claro que aquella mujer que llegó a Esquel con unas cortinas floreadas y una valija llena de incertidumbre nunca dejó de construir historias. Algunas en las aulas. Otras en los libros. Todas, profundamente humanas.

 

 

 

Agradecemos a Marisa por brindarnos esta entrevista, por sus sabias palabras y por sus increíbles cuentos.

 

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