Mi padre termina de cargar la rastrojera. Es la primera vez que nos vamos de vacaciones a la playa. Papá eligió Mar del Plata.
Mamá se encargó de preparar las valijas y un mes antes, nos cosió a mi hermana mayor y a mí, las salidas de baño con tela de toalla, sobre un fondo blanco cuadrados como si fuesen jaulas, llenos de pulpos, cangrejos, ballenas y pescados. Las mallas también quedaron monstruosamente horribles. Celeste la de mi hermana y gris la mía. Mamá tiene buen gusto, pero esta vuelta compró los retazos que estaban en los canastos.
Mamá cuelga el rosario en el espejo retrovisor, después acomoda la canasta de mimbre con el equipo de mate y el táper con queso y galletitas de agua.
Mi hermana tira en el asiento de atrás las dos almohadas y su muñeca. A mí me toca la artillería para la playa: el balde de plástico rojo, el rastrillo amarillo, la pala azul. No entiendo por qué tengo llevar todas estas porquerías. Mi hermana me dice que son para entretenernos porque no nos podemos meter al agua. El mar es peligroso por las olas agresivas. Y entonces ¿pará que vamos?, le pregunto a papá. Hay que hacer lo que todos hacen, me responde. Ir a Mar de Plata, aunque nadie se mete porque el agua es muy fría. Si es peligroso y frío para qué vamos, insisto. Con esa calma que lo caracteriza me dice, nadie quiere transformarse en la oveja negra del pueblo y se ríe a carcajadas.
No le pregunto más. No tiene sentido, está ansioso y contesta cualquier cosa.
Mi hermana ya se acostó en el asiento de arriba y a mí me dejó el piso dónde me ahogo rodeada de las porquerías para la playa.
Papá está listo, se acomoda la boina, los lentes, se arregla el pañuelo del cuello y se pone los guantes sin puntas. Mamá está a su lado, voltea la cabeza hacia atrás para asegurarse que mi hermana y yo estemos acostadas.
Papá busca el magazine de Roberto Goyeneche, Frente al mar, lo encuentra rápido, tiene la imagen del Polaco en la portada, no es una buena foto, el saco le queda grande. Lo escucha, canta algunos tangos y silva otros, se cree mezcla de Gardel y Juan Manuel Fangio, el Chueco. Papá gira la cabeza, mi hermana duerme desparramada en el asiento. Sus ojos se cruzan con los míos sentada en el bordecito, pero no dice nada.
Llegamos y nadie quiere perder ni un minuto de las vacaciones. Son las tres de la tarde, vamos a la playa. Cada uno baja su silla, papá además la sombrilla y el equipo de mate.
A mamá no le gusta la exposición al sol, dice que aparecen las arrugas. A mi hermana tampoco le gusta. Se cubren el cuerpo y los brazos, y en la cabeza un gran sombrero.
Juego sola con el balde, el rastrillo y la pala. Armo castillos y papá me enseña a hacer las murallas y los puentes.
Él mira el mar y las olas cuando rompen y me dice.
—Sentir estas gotas en la cara supera a la bendición con el agua bendita del párroco en la iglesia. Arena, sol, viento, mar.
A la tardecita, los cuatro estamos en el hospital, esperamos a los médicos. Papá y yo no podemos ni hablar de cómo nos tira la piel de la cara y no vemos nada porque tenemos los ojos hinchados como globos, parecemos monstruos. Y mamá, con una seriedad que asusta, le dice.
—El próximo año nos vamos de nuevo a las sierras, no me importa ser la oveja negra.