Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn
Los primeros pasos: una fe que vuelve
“Yo nací en Buenos Aires, en Capital Federal, de chiquitito, mi abuela me llevaba a misa, teníamos la parroquia enfrente de la casa, pero después dejé de practicar, era católico pero no practicante”.
Así empieza la historia del padre Rodolfo Costa Heredia, una historia que no fue lineal, sino marcada por idas y vueltas, pero con un destino fijo. El punto de inflexión llegó al terminar la escuela secundaria: “Un grupo de compañeros del secundario me invitaron a un campamento de acción católica, ahí empezó el más fuerte acercamiento a Dios y también empezó a surgir el tema vocacional”.
Aquel despertar espiritual coincidió con momentos clave del país. La visita de Juan Pablo II durante la guerra de Malvinas lo impactó profundamente: “Fue muy fuerte, un momento muy fuerte. Ahí me acerqué más y en el año 84 entro al seminario en Buenos Aires”.
La vocación en construcción
La década del 80 fue, para él, un tiempo de comunidad y pertenencia: “En la década del 80 los grupos de jóvenes eran muy fuertes".
Ya dentro del seminario, su vocación se consolidó. En 1991, recuerda el padre Rodolfo: “Me ordeno primero de diácono y después de sacerdote”.
Sus primeros años sacerdotales estuvieron atravesados por experiencias intensas. En la parroquia del Socorro vivió de cerca el atentado a la embajada:
“Ahí también fue algo muy fuerte, la cantidad de gente que venía a confesarse... Veía que pudo haber sido el último día suyo”.
El llamado al sur
Después de recorrer distintas parroquias en Buenos Aires, llegó una invitación que cambiaría su vida: “Me preguntaron si quería venir a misionar acá a la Patagonia. Dije sí, pero no a Comodoro”.
Rodolfo buscaba otro lugar, una ciudad más chica. Ese destino fue Esquel. El contraste con la gran ciudad fue inmediato: “Acá me di cuenta que se puede dejar la puerta abierta y no pasa nada”. Y asegura que esa seguridad se sostiene todavía: "La Iglesia queda abierta toda la noche y la gente respeta mucho el lugar, lo cuida".
Pero más allá de la tranquilidad de una ciudad con menos de 40.000 habitantes, lo que lo marcó fue el vínculo humano: “Una comunidad que me acogió muy bien. Me sentí muy cómodo. Enseguida la gente me recibió”.
Otra forma de vivir la fe
En la Patagonia, la fe adquiere otro ritmo. Más silencioso, más ligado a la naturaleza: “Especialmente acá es más el silencio, el encontrar a Dios en la naturaleza. Uno va al parque, por ejemplo, y disfruta, y ve la mano de Dios en todas las cosas”.
Esa conexión con el entorno también lo llevó a descubrir nuevas actividades en la zona, como el deporte en la montaña. Para el párroco, el contacto con el cerro es un espacio de reflexión: “Hace unos años empecé a esquiar también. Realmente uno está ahí en el silencio y ve la maravilla de Dios”.
También cambia la forma de ejercer el sacerdocio: “Acá uno tiene que salir a las casas, recorrer”.
Sin embargo, ese esfuerzo se ve recompensado: “A cualquier lado que va, es muy bien recibido… siempre la gente abre las puertas”.
Comunidad, solidaridad y cercanía
Uno de los rasgos que más lo impactaron fue la solidaridad que define a nuestra comunidad y que lo diferencia del resto: "En las ciudades grandes, por lo general, la gente es más individualista". Y destaca: “Acá uno camina por la calle y todos a uno le saludan. Uno no es anónimo”.
Esa cercanía también transforma la ayuda social: “Hasta a el que viene a pedir ayuda lo conocemos. Uno lo puede acompañar de otra manera”.
La parroquia como casa abierta
Su proyecto en Esquel tiene una idea central: la acogida. “Que todo el que venga se sienta cómodo, se sienta acogido, se sienta querido”.
La iglesia, incluso, permanece abierta: “La capillita de adoración queda abierta toda la noche… siempre hay alguien”.
Acompañar en el dolor
Parte de su tarea se desarrolla en contextos difíciles, como la cárcel o el hospital. Allí, el eje no es el juicio sino la presencia: “Sin juzgarlos, tratar de que vean que tiene que producirse un cambio en ellos. Reconocer el error y cambiar”.
La fe, explica, puede ser motor de transformación: “Primero se siente perdonado por Dios… y Dios le va a dar la fuerza para cambiar”.
En este sentido, asegura que el acompañamiento a los internos va más allá y desde la Iglesia alojan a sus familias: "Tenemos acá dormis solidarios, entonces cuando viene alguna familia, porque por lo general son gente de otras provincias, pueden pasar unos días visitando al interno".
Historias que dejan huella
A lo largo de los años, vivió situaciones que fortalecieron su mirada espiritual. Recuerda, por ejemplo, una peregrinación a Nuestra Señora de las Nieves amenazada por cenizas volcánicas: “Dos días antes empezó a llover y toda la ceniza se apagó… Dios tiene la última palabra”.
También lo marcó la historia de un hombre durante la pandemia: “Rezó por los que están en terapia… y a los días lo enterraron”.
Y reflexiona: “A veces, uno hace todo lo humanamente posible y lo que no se supera hay que dejárselo en las manos de Dios".
La parroquia misma guarda historias de fe en momentos difíciles del país. Rodolfo recuerda que la construcción del templo se detuvo durante el conflicto de 1982: “El constructor era Raúl Catrihual y su hijo estaba en Malvinas. Él se subía a la cruz de la parroquia y desde ahí rezaba. Esa cruz tiene como lágrimas, que son el símbolo de orar por la guerra”.
Los valores que sostienen
Entre los pilares que destaca, hay uno central: “Un valor fundamental es la familia”. A eso suma la solidaridad y el encuentro: “Uno se descubre como persona cuando se da a los demás”.
Observa con preocupación cómo la tecnología afecta los vínculos actuales: “El egoísmo es fuerte y falta diálogo por el uso de los celulares y las redes”. Ante este panorama, propone recuperar lo esencial del encuentro humano: “Hay que saber limitarse, buscar un equilibrio. El comer en familia y el valorar al otro es lo fundamental para no sentirse solo”.
Y finaliza con un mensaje para los jóvenes: “Uno solo no puede… cuando uno se apoya en Dios, todo lo puede”.
Su cierre vuelve al eje de toda su vida: “Al final de nuestra vida vamos a ser juzgados en la medida que le dimos a los demás”.
Agradecemos al padre Rodolfo por brindarnos esta entrevista y por sus cálidas palabras.