Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn
Raíces de montaña
Trevelin está hecho de historia, montañas y memorias familiares. Allí nació Carina Estefanía y allí aprendió, sin saberlo todavía, que el trabajo y la honestidad serían los pilares de su vida.
Hija de comerciantes gastronómicos, creció en una familia donde no sobraba nada, pero tampoco faltaba lo esencial. Sus padres se esforzaban cada día para que sus hijos pudieran estudiar y construir su propio camino.
“Mis padres siempre pensaron que era muy importante que nosotros, sin importar si éramos varones o mujeres, tuviéramos un oficio o una profesión para poder desenvolvernos y vivir”, recuerda. Esa enseñanza se trasladó a los tres hermanos: dos mujeres y un varón.
Ese mandato sencillo —estudiar, esforzarse, ser independiente— fue el punto de partida de una historia que terminaría cruzando aulas universitarias, tribunales y espacios de liderazgo judicial.
Pero entonces Carina todavía era una adolescente que, a los 16 años, se preparaba para dar el salto más grande de su vida.
Una joven de 16 en la ciudad inmensa
A los 16 años dejó la cordillera para irse a estudiar Derecho a la Universidad de Buenos Aires. Era la segunda promoción del recién creado Ciclo Básico Común.
La ciudad era enorme para una chica del sur, pero no se amedrentó.
Vivió primero en un pensionado de monjas y después encontró hogar en la pensión de Carmen, una inmigrante gallega que con el tiempo se convirtió en una especie de madrina en la gran ciudad.
A los 21 años ya era abogada.
Mientras estudiaba también comenzó a trabajar en el estudio jurídico de Carlos Gómez, donde encontró otra familia. Más tarde trabajó con el histórico dirigente radical Hipólito Solari Yrigoyen, a quien recuerda como un maestro.
En esos años aprendió algo que marcaría toda su trayectoria. La defensa de los derechos humanos no era una consigna abstracta: era una responsabilidad concreta. Especialmente hacia quienes históricamente habían quedado fuera del sistema.
Volver para empezar
Después de catorce años en Buenos Aires, regresó a la Patagonia.
Tenía 28 años cuando volvió a la provincia y comenzó su carrera judicial como jueza de paz en Trevelin. Ese primer cargo sería uno de los más significativos. “Era un lugar donde podía tener contacto directo con la comunidad y ayudar a resolver pequeños conflictos cotidianos que muchas veces se agrandan cuando nadie encuentra una solución”, cuenta.
Desde entonces su carrera avanzó siempre por concursos públicos: secretaria de cámara, jueza penal y finalmente camarista. Un camino construido paso a paso, a puro esfuerzo y dedicación.
Durante unos años fue profesora universitaria, pero, a pesar de su gusto por la docencia, entendió que no podría cumplir con esa responsabilidad, que requiere de estudio y dedicación.
“Nunca me imaginé que iba a llegar a ser jueza, mucho menos que mis colegas me elegirían para que los represente o que las mujeres de todo el país me elijan como vocera de sus derechos”, admite.
Hoy divide su vida entre Trevelin y Esquel. Y nos cuenta que, en realidad, pertenece un poco a ambos lugares.
El oficio y la pasión
Si tuviera que definirse en una palabra, Carina no habla de cargos ni de títulos: se define como trabajadora. “Me gusta mucho trabajar. Incluso he tenido que tratarlo en terapia porque le dedico muchas horas de mi vida al trabajo”, reconoce.
Para ella, el Derecho exige algo más que conocimiento técnico, exige vocación de servicio. “Tenemos la enorme responsabilidad de garantizar los derechos de toda la ciudadanía”, sostiene, y agrega que esa responsabilidad también implica comprender las desigualdades reales que atraviesan la sociedad.
“No es cierto que alcanza con esforzarse y hacer todo bien. No partimos de las mismas condiciones. Existen barreras culturales y sociales que no son fáciles de derribar”, asegura Carina. Desde su experiencia en tribunales, ve a diario cómo las dificultades se multiplican cuando las personas tienen menos recursos o pertenecen a sectores vulnerables.
Las mujeres y el largo camino hacia la igualdad
Una de sus principales banderas es la igualdad de género dentro y fuera del sistema judicial. No es una discusión teórica: es una realidad histórica. Hace poco más de un siglo, recuerda, las mujeres ni siquiera podían estudiar o votar. Tampoco administrar sus bienes ni ejercer muchas profesiones.
“Nuestras abuelas no tenían derecho a estudiar, mucho menos a una profesión como la abogacía o la medicina”, explica. Hoy las leyes reconocen la igualdad, pero en la práctica todavía existen enormes brechas.
En el ámbito penal, donde ella se desempeña, la presencia femenina sigue siendo minoritaria. En toda la provincia del Chubut apenas tres mujeres ocupan cargos de camaristas penales. Por eso insiste en la importancia de la representación: “Cuando una mujer integra un espacio de poder se garantiza la representación de más de la mitad de la población y se mejora la calidad democrática e institucional".
La desigualdad como raíz de la violencia
Uno de los temas que más le preocupan es la violencia en todos los ámbitos y en especial la violencia de género. Desde su experiencia judicial sostiene que muchas veces la sociedad no logra ver la relación directa entre desigualdad y violencia. “La desigualdad es el germen de la violencia”, explica.
Durante décadas, muchas formas de violencia estuvieron naturalizadas. Hoy existe una mayor conciencia social y más denuncias, aunque el problema sigue siendo grave. En Argentina, recuerda, los femicidios continúan siendo alarmantes.
Por eso insiste en la capacitación dentro del Poder Judicial y en facilitar el acceso a la justicia para quienes ven vulnerados sus derechos. Por eso trabaja día a día, incansablemente.
La casa donde empieza todo
Más allá de los tribunales y de sus logros laborales, Carina habla con orgullo de su familia. Hace más de treinta años que comparte su vida con Santiago, también abogado. Juntos criaron a tres hijos: Sofía, Emiliano y Antonia.
Los dos mayores estudiaron Medicina y viven en Barcelona. Lo cuenta con una mezcla de felicidad, porque ellos están bien, pero con dolor, porque hubiera querido que estén más cerca. La menor —tras resistirse un tiempo — finalmente, un día dijo “lo mío es el Derecho”. “Se ve que algo de influencia familiar hubo”, dice con orgullo.
Para ella, la familia es un refugio y un motor: “Soy una agradecida de la vida, de la familia que tengo, de mis padres que me enseñaron los valores que me acompañan todos los días”.
Carina habla de su mama Anabel quien la acompaña en todo lo que emprende y de su papá Pedro que falleció muy joven, pero le dejó un enorme legado. También de María y Gustavo, sus hermanos, de sus tíos, de sus primos: una familia grande que, al igual que sus amigos, considera un regalo.
La Justicia como esperanza
Después de décadas en el Poder Judicial, su vocación sigue intacta: “Todavía conservo la misma pasión por el Derecho y por la justicia que cuando ingresé a los tribunales”.
Esa convicción es la que la llevó a asumir responsabilidades institucionales: preside la Asociación de la magistratura y funcionariado judicial de Chubut y la Red de Mujeres para la Justicia, desde donde impulsa la independencia judicial y la igualdad de derechos.
Carina sabe que el camino no es sencillo. “Las mujeres no transitamos caminos de pétalos; más bien hay muchas espinas”, dice. Pero también sabe que vale la pena, porque cada decisión judicial, cada conflicto resuelto, cada derecho restituido puede cambiar la vida de alguien. Y en ese gesto pequeño —casi invisible— puede empezar a construirse un mundo más justo.
Agradecemos a Carina por permitirnos conocer un poco más de su vida y su labor.