RED43 sociedad Columna literaria
08 de Febrero de 2026
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Otra vez el gris

Columna literaria de Marisa Gómez. 

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Dos camionetas blancas 4x4 transitan la ruta 71 y se pierden al avanzar por un camino lateral. El punto de encuentro es el campo de Abelardo Montes.

 

Ya no se ve ese verde azulado de los cipreses, radales, maitenes, ni tampoco el abanico de los marrones de las montañas, ni ese cielo cristalino.  Las nubes con un tinte rosa junto a otras más oscuras se atropellan para tapar al sol, como si fuera un juego.

 

Todo se vuelve gris. La ceniza cae y en el aire una tensa agonía.

 

Diez brigadistas se bajan a pocos metros de la casa y cuando levantan sus cabezas apretadas por los cascos logran ver a una señora que bien podría ser su abuela, en chancleta y batón, tirando agua con baldes y mojando el suelo.

 

El jefe de los brigadistas se acerca y la señora lo abraza.

 

–Gracias, Dios lo mandó, son los primeros en venir –les dice y llora desconsoladamente.

 

–Aquí estamos. Mi gente va a entregar todo para salvar su casa y el campo.

 

–Lo sé. Hace días que no nos movemos. Esto es todo lo que tenemos. Me lo dejó mi padre. Es esta casa y esas pocas ovejas. Con eso criamos a nuestros dos hijos que desde anoche están con los vecinos, ayudándolos.

 

–Sí, ellos salvaron todo. Ahora hay que trabajar acá. Veníamos bien, pero las ráfagas son cada vez más fuertes y no nos dan tregua.

 

De la parte de atrás de la casa como un fantasma aparece Abelardo, con bombacha de gaucho, pañuelo que le tapa media cara y boina. Es de esos que se levantan antes que el sol despunte y se acuestan con el cantar de los grillos. Ama la tierra y su campito. Se acerca con paso cuidado, el ceño fruncido, se detiene para estrellarle la mano al jefe de los brigadistas.

 

–¿Diez pibes? Siempre poco, siempre tarde – le dice mirándolo a los ojos y sin soltarle la mano.

 

–En estos casos siempre todo es poco – le aclara Raúl y le da la espalda para dirigirse a los muchachos que ya empezaron a cortar ramas, hacer zanjas, sacar malezas. Después se sube a la camioneta y grita – que no descansen esos picos, las palas, y a darle con la motosierra.

 

Los pibes hacen vigilia de cenizas toda la noche y siguen con la franja de cortafuego. Los hijos de Abelardo junto a otros vecinos regresaron para ayudarlos. Después de cuatro horas, el viento gira y se superponen los gritos, el rechinar de las piñas al reventar, el crujido de las ramas al caer...  

 

–Cuidado.

 

–Esto es un infierno. A retroceder.

 

–No veo nada.

 

Y ahí se detienen. Un arco plateado no deja pasar el fuego. Nadie entiende qué ocurre, pero nadie se mueve, todos se miran, algunos gritan y otros observan a la esposa de Abelardo, arrodillada con una virgen entre las manos que aprieta sobre su pecho mientras reza tan alto que el bosque se paraliza.

 

 

A la tarde, la esposa de Abelardo se despierta en su cuarto confundida. Abre los ojos, reconoce a su marido, los hijos, y más allá, a los muchachos brigadistas que la miran expectantes. No entiende, porque lo último que recuerda son las llamaradas de fuego, el quejido de los árboles al quemarse, las ráfagas de viento que como lenguas de demonios avivaban el fuego. Y los gritos de los pibes que decían, el fuego nos encerró, la puta madre.

 

Y ella con su virgen …

 

 

 

 

 

 

 

Marisa Gómez

 

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