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22 de Febrero de 2026
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Samir Said: historia de esfuerzo y compromiso con Esquel

De Alto Río Senguer a Esquel, de la obra en construcción al aula y de allí a las brasas esta es la historia de un hombre que hizo de la inclusión, el trabajo y la familia su mayor legado.

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La caja de un camión y el vértigo de empezar

 

En 1985, con 18 años recién cumplidos, Samir Said dejó atrás Alto Río Senguer y llegó a Esquel arriba de la caja de un camión. No traía más que una decisión firme y el peso de una infancia austera.

 

“Yo me vine a traer un camión, en la caja del camión, a la nada”, recuerda Samir. Cuando llegó a destino, el cambio fue drástico: “Salía a dar una vuelta acá en Esquel y me perdía. Para mí era una ciudad grandísima”.

 

En su pueblo había aprendido temprano que la vida se trata de trabajar. A los 14 ya era albañil, oficio heredado de su padre. También conoció el trabajo rural: señaladas, esquilas, jornadas por día en el campo. “Un trabajo duro”, dice. Y agrega: “No teníamos gas, la calefacción era muy escasa, hasta la leña era escasa. Una vida bastante dura”.

 

Pero incluso en ese contexto, había algo que latía más fuerte que el frío: una vocación.

 

El “primero C” y la vocación

 

En la escuela primaria de su pueblo había un curso especial, el famoso “Primero C”, donde iban los chicos con dificultades de aprendizaje. Samir era apenas un niño, pero algo ahí le quedó grabado: “Yo pensaba: algo debe haber, debe haber una enseñanza para estos chicos”.

 

Esa inquietud lo empujó a tomar una decisión que parecía desmesurada para alguien que venía de una escuela primaria: terminar la secundaria nocturna y luego estudiar el profesorado.

 

Trabajó cuatro o cinco años como albañil en Esquel mientras cursaba. “Yo decía: a los 23 años me recibo de profe. Y nadie me creía”. Hubo cansancio, angustia, días difíciles. “Trabajar de albañil es un esfuerzo terrible. Salía todo sucio y tenía que cumplir con la escuela”.

 

Pero cumplió. Terminó la secundaria, hizo el profesorado y se convirtió en docente de educación especial.

 

Primero la integración 

 

Sus primeros años como profesor estuvieron marcados por un desafío mayor: acompañar la integración cuando todavía no era una práctica aceptada.

 

“Nosotros salíamos con un nene en silla de ruedas y la gente se cruzaba de calle”, cuenta. Eran otros tiempos. La discapacidad se escondía, se susurraba, incomodaba.

 

Samir trabajó con chicos con parálisis cerebral, integró alumnos a jardines y escuelas comunes, recorrió instituciones acompañando procesos delicados. Hacía de maestro de apoyo, de puente, de compañero: “Era más difícil el tema. Hasta para que te lo acepten en la escuela como un alumno más”.

 

Hoy, cuando ve que la inclusión es parte natural del sistema, siente que aquel trabajo silencioso valió la pena. “Eso llevó a que hoy todos estemos integrados”.

 

El cariño y el recuerdo 

 

Ejerció la docencia por más de 21 años. Y aunque se jubiló, el vínculo nunca se cortó.

 

“Eso es haber marcado una huellita en algún lugar, y eso a mí me llena de emoción”, dice cuando habla de sus exalumnos. Algunos ya son adultos, están casados, pasan a saludarlo. Los padres lo abrazan. Algunos chicos todavía le preguntan: “Profe, ¿cuándo vas a volver?”.

 

“Eso da la pauta de que algo hice bien”, reflexiona. Sin embargo, también reconoce una herida íntima: la pasión por el trabajo a veces le robó tiempo a su propia familia. “No sé si volvería a hacerlo. Por ahí me perdí de ir a jugar a una cancha. Vivía cansado”. 

 

Amor, proyectos y una mesa compartida

 

En medio de esa vida intensa, encontró a la mujer con la que está por cumplir casi cuatro décadas de matrimonio: “Dios me dio una bendición en encontrar la esposa que hoy está conmigo”. Juntos, tuvieron tres hijos. Uno es profesor de Historia, otro chef y la menor licenciada en Nutrición.

 

Cuando llegó la jubilación, Samir tuvo claro que no quería quedarse quieto: “Tenés dos alternativas: o te quedás en tu casa a mirar televisión o empezás a abrir el abanico para sociabilizar, porque tampoco te podes quedar encerrado en tu casa viendo pasar los años”.

 

Con su familia, apostaron al turismo, abrieron cabañas y luego una parrilla para que su hijo chef pudiera desarrollarse. Así nació ese espacio que hoy combina gastronomía, flores y conversación. “Yo cuando me propongo algo no lo dejo de lado. Soy muy obsesivo”, admite. 

 

Luego de su jubilación, Samir se involucró en cámaras de comercio y turismo, siguió apostando por la ciudad: “Transformé mi vida, reinventé mi vida”.

 

La reina de diez años y la gratitud

 

En la trama de esta historia hay una protagonista indiscutida: su nieta. “Es la luz de mi vida. Yo le digo reina porque la verdad es una reina”, asegura Samir. Tiene diez años y lo acompaña a eventos, a la parrilla, a la vida. “Tengo una heredera universal”, dice con una sonrisa que no necesita explicación.

 

Cuando le preguntan si es creyente, duda. “No sé si soy creyente o no. Lo que sé es que algo del más allá hay”. Y agrega: “Si hay un Dios, a mí me apuntó con el dedo. Porque yo siento que me fue bien. Lo puedo decir con orgullo: a mí me fue bien”.

 

No habla desde la soberbia, sino desde la gratitud. Logró lo que se propuso. Formó una familia. Se jubiló de la docencia con la frente alta. Hoy elige qué hacer con su tiempo: “Voy a cumplir 60 años y ahora lo que tengo que hacer es disfrutar. Disfrutar del fruto del trabajo y de la vida”.

 

La esquina de los poemas y un amor que no se muda

 

En la vereda de su parrilla crecen rosas que él mismo injerta y hasta cambia de color. Planea llamar a ese rincón “la esquina de los poemas”. Porque además de brasas, quiere sembrar belleza.

 

“Soy un enamorado de la ciudad”, afirma Samir. Ha viajado por el mundo, pero siempre vuelve a Esquel. “Es una linda ciudad, con buena gente. Hay que apostar a esto. Acá estamos para morirnos acá”.

 

El joven que llegó en la caja de un camión ya no se pierde en las calles. Las camina como propias. Y en cada paso deja algo de lo que fue: esfuerzo, inclusión, familia y esas ganas, todos los días, de seguir construyendo.

 

Agradecemos a Samir por abrirnos las puertas de su parrilla y brindarnos esta entrevista. 

 

 

 

 

 

Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn

 

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