23 de Agosto de 2026
sociedad |

Los Tamariscos: la historia familiar que mantiene viva la memoria de la Patagonia

En Facundo, el Museo Regional Los Tamariscos conserva objetos, fotografías y recuerdos de generaciones de pobladores. Liliana Prieto y su familia mantienen vivo este legado entre historias, campo y tradición. 

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Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac.

 

En la localidad de Facundo, el Museo Regional Los Tamariscos es mucho más que un espacio donde se conservan objetos antiguos. Es un lugar donde la historia familiar, la cultura patagónica y la vida cotidiana de quienes habitaron esta tierra todavía forman parte del presente.

 

Liliana Prieto, dueña y anfitriona del establecimiento, recibe a los visitantes junto a su hijo Maximiliano. Entre una charla y otra, aparecen las tortas fritas recién hechas, el mate y esa sensación de estar entrando por un rato en otra época.

 

El edificio, de paredes de adobe, invita a recorrerlo sin apuro. Es la propia Liliana quien cuenta de dónde proviene cada objeto y qué vínculo tiene con su familia.

 

“Acá vas a encontrar historia desde el año 1900 hasta el día de la fecha”, asegura.

 

 

 

Un museo construido con recuerdos familiares

 

Las distintas salas reúnen fotografías, herramientas, elementos de campo y objetos vinculados a la vida de las primeras familias de la zona. También hay piezas pertenecientes a las culturas mapuche y tehuelche, entre ellas puntas de flecha y otros elementos líticos.

 

Una de las salas está dedicada a Juan Canquel, mientras que otra lleva el nombre de Curvome y recuerda el vínculo que los primeros pobladores del lugar mantuvieron con las comunidades originarias.

 

Entre los objetos que más llaman la atención aparecen también antiguos libros de pasajeros, donde desde 1938 quedaron registradas las firmas y las impresiones de quienes pasaron por Los Tamariscos.

 

“Lo que vos puedas imaginarte lo vas a encontrar acá en este lugar”, dice Liliana, mientras continúa señalando piezas y recuerdos que parecen tener una historia detrás.

 

 

 

Una parada en la antigua ruta de los pioneros

 

La historia de Los Tamariscos también está ligada a los caminos que atravesaron durante décadas esta parte de la Patagonia. El paraje fue fundado en 1938 por un inmigrante alemán de apellido Böhme, quien instaló allí un almacén de ramos generales.

 

Con el paso de los años, el lugar se convirtió en una parada habitual para pobladores rurales, viajeros y quienes transitaban por esta zona, vinculada al antiguo recorrido de la Ruta Nacional 20.

 

“Esto era la ruta de los pioneros. Facundo fue el primer juzgado de paz que había y era la ruta obligada que tenían que pasar sí o sí”, explica Liliana.

 

Aquella función de punto de encuentro todavía puede percibirse en el edificio, donde permanecen objetos de almacén, elementos de campo y distintos recuerdos de quienes hicieron su vida en estos caminos.

 

 

 

“Si no es como que se pierde toda la identidad”

 

Para Liliana, mantener abierto el lugar es también una manera de conservar una parte de su propia historia.

 

“Uno tiene que vivir a donde le gusta. Cuando falleció mi mamá decidí venirme porque si no es como que se pierde toda la identidad”, cuenta.

 

Y hay algo todavía más íntimo en los objetos que forman parte de la colección.

 

“Mi mamá siempre decía que uno muestra su intimidad con el museo, porque en realidad son cosas de la pieza de ellos cuando eran chicos”, recuerda.

 

Por eso, recorrer Los Tamariscos no consiste solamente en observar antigüedades. Cada objeto forma parte de una memoria familiar que la familia Prieto decidió compartir con quienes llegan hasta el lugar.

 

 

 

Un lugar para quedarse un rato más

 

Con el tiempo, el museo y el paraje fueron recibiendo a visitantes de distintos puntos. Familias, estudiantes, motociclistas y viajeros encuentran allí una pausa en el camino y la posibilidad de conocer parte de la historia de la región.

 

El entorno también permite caminar y disfrutar del paisaje rural, mientras que quienes quieran conocer otros sectores de la zona pueden acercarse hasta Facundo y el río Senguer.

 

Pero quizás el mayor atractivo esté puertas adentro: sentarse, escuchar las historias de Liliana y dejar que cada objeto vaya reconstruyendo una época.

 

La entrada tiene un valor prácticamente simbólico, equivalente a unos 3 dólares, y la visita requiere algo que en estos tiempos parece cada vez más difícil de conseguir: tiempo.

 

“Estoy todo el día ocupada. Si no tengo que hachar leña, tengo que darle de comer a las gallinas y atender a la gente”, cuenta Liliana con una enorme sonrisa.

 

Y así, entre leña, gallinas, tortas fritas, recuerdos y visitantes, Los Tamariscos sigue siendo una pequeña puerta abierta a la Patagonia de otros tiempos.

 

 

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