Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac.
La historia de Rodrigo Mateos con el gimnasio Newen comenzó mucho antes de que el lugar tuviera su nombre, sus máquinas actuales y los cientos de personas que pasan por allí cada mes. Profesor de Educación Física, formado en Buenos Aires y especializado en preparación física de alto rendimiento, decidió regresar a Esquel y apostar por su ciudad.
“Siempre pensé de abrir mi carrera mejor acá”, recuerda sobre aquella decisión. Después de recibirse, Mateos permaneció durante años en Buenos Aires, donde trabajó en preparación física e investigación. Pero en 2002 regresó a Esquel y comenzó una nueva etapa.
“Yo tenía gimnasio en Buenos Aires”, cuenta. Sin embargo, la crisis económica de 2001 cambió los planes. “Yo le había vendido las las partes de mi máquina mis socios de Buenos Aires y, con el problema del dólar al final me terminaron dando algunas máquinas ”, explica sobre el momento en que algunas máquinas que había tenido que vender terminaron convirtiéndose en el punto de partida de Newen.
Un gimnasio que creció junto a sus clientes
Primero fue un pequeño espacio en la calle Mitre. Después llegó otro lugar sobre Sarmiento y, más tarde, el actual gimnasio. “Siempre alquilando el lugar”, recuerda Mateos. Hasta que hace unos tres años se instaló en el espacio donde funciona actualmente, con la intención de seguir creciendo.
El camino estuvo acompañado por una constante: los clientes. Algunos estuvieron durante décadas. “Hay gente que viene desde hace veintitrés años”, cuenta. Y recuerda especialmente a una mujer que fue parte del gimnasio durante gran parte de su vida: “Hay una señora en particular que tiene ochenta y dos años y viene desde que empezamos”.
Para Mateos, esa permanencia tiene que ver con algo que va mucho más allá de las máquinas. “Yo siempre digo que es casi como un club”, afirma. En Newen conviven personas que buscan rendimiento deportivo con otras que llegan por salud o simplemente para mantenerse activas.
“Acá me tocó trabajar con gente de todo tipo, de alto rendimiento y gente que viene por salud, de todo”, explica. Y esa diversidad es justamente una de las cosas que más disfruta: “Hay gente de toda edad y de todo tipo. O sea, eso es lo que a mí es lo que más me gusta”.
De dos bicicletas a un proyecto de ampliación
El gimnasio también fue creciendo de manera artesanal. Comenzó con dos bicicletas y algunas máquinas que Mateos llevó desde Buenos Aires. Otras fueron compradas usadas y algunas incluso fueron fabricadas junto a vecinos. “Y algunos bancos y cosas que fabricamos con unos chicos del barrio”, recuerda.
Con los años llegaron nuevas inversiones, más equipamiento y también nuevos desafíos. Actualmente pasan por el gimnasio entre 400 y 500 personas por mes y el espacio ya empieza a quedar chico. Por eso, Mateos trabaja junto a Pablo, propietario del local, en un proyecto de ampliación.
“El año que viene son 25 años. Así que, bueno, estamos con ese proyecto”, cuenta.
Pero detrás del profesor y del dueño del gimnasio también está el padre de dos hijos que prácticamente crecieron entre las máquinas. “Mis hijos se criaron acá adentro prácticamente”, dice. Hoy ambos son adultos y continúan vinculados al deporte.
Mateos reconoce que durante años tuvo que encontrar un equilibrio entre el trabajo y la familia, aunque asegura que pudo hacerlo gracias a la posibilidad de manejar sus horarios. “Tengo la suerte de tener un trabajo donde yo puedo moverme y entonces puedo acomodar horarios”, explica.
Una vida marcada por el deporte
Su propia relación con el deporte también atravesó toda su vida. Practicó y compitió en distintas disciplinas desde chico, entre ellas esquí, gimnasia artística, vóley, básquet, ciclismo y otras actividades. Con el tiempo, decidió dejar de competir y ponerse sus propios desafíos.
La explicación resume una mirada que también parece atravesar su manera de entender el gimnasio: “Salgo a pedalear y me pongo mis propias metas”. Y agrega: “Compito conmigo”.
A pocos meses de cumplir 25 años desde el comienzo de aquella aventura, Mateos sigue pensando en lo que viene. El gimnasio que comenzó con unas pocas máquinas hoy recibe cientos de personas y proyecta crecer.
En el fondo, sin embargo, la historia parece estar menos relacionada con los aparatos que con quienes los usaron durante años. Porque, como dice Mateos, Newen terminó siendo “casi como un club”: un lugar donde generaciones de esquelenses encontraron entrenamiento, salud, vínculos y, sobre todo, un espacio al que volver.
Agradecemos a Rodrigo por abrirnos las puertas de Newen y brindarnos esta entrevista.