RED43 sociedad Columna literaria
26 de Julio de 2026
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Te extrañé

Columna literaria de Marisa Gómez.

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Ada corre media cuadra. Se para frente al portón de la casa de su amigo. Hace dos años, tres meses y cinco días que no ve a Claudio.

 

Se larga un chaparrón de gotas pesadas. La pollera se le mete entre las piernas, el pelo se le pega a la frente y la blusa a las tetas. No quiere pensar cómo se verá su cara con el maquillaje corrido.

 

—¡Ada, mi chiquita!, Claudio te espera —le dice la mamá en el pórtico de la casa y la llena de besos mientras la envuelve en la toalla, le ayuda a secarse el pelo, y le entrega unas ojotas.

 

—¡Gracias!, tengo muchas ganas de verlo.

 

—Hace dos días que tu amigo no duerme —le cuchichea y al instante, Ada se sobresalta al oír esa voz inconfundible.

 

—Entrá —le dice y abre la puerta.

 

Y ahí está. El que saltaba zanjas, se colgaba de la higuera, chapoteaba en los charcos de agua, recorría con su bicicleta los espacios, contaba los tiempos, perseguía el tren…Ahí está sentado en su silla de ruedas.

 

Ada se queda como una estatua. Retiene las lágrimas y mira con atención el cuello, el torso musculoso y los brazos, el pelo cortísimo y las patillas, pero también el desparramo de hojas, algunas tachadas, otras hechas un bollo, la pila de libros de Matemática porque su amigo Claudio, el mejor amigo desde el jardín, siempre fue ordenado y prolijo. A un costado la misma bandeja, la misma torta de chocolate y la jarra de limonada que la mamá les preparaba todas las tardes.

 

—Hola, Claudio. Tenía muchas ganas de verte, balbucea — y se agacha para darle un beso, pero él sin mirarla, corre la silla de ruedas hacia atrás.

 

—Sentate. No pude resolver este problema para el ingreso a la Universidad. No me va a ganar. Para eso te llamé. Leelo —le dice y le tira la hoja.

 

Ada se sienta en la punta de la mesa. Saca el Repetto, le tiemblan las manos.

 

—Guardalo, los tengo a todos. Después que el gringo me atropelló y me dejó acá sentado, cambié la bici por los libros.   

 

Ada lo mira seria, no le contesta. Eso sí, se despega la blusa de las tetas, de la panza y mira la torta de reojo. Se la comería toda, pero no. Hoy no.

 

—Servite, te encantaba la torta de mamá, ¿te acordás? —le dice.

 

Ada lee el problema una y otra vez. Abre la mochila. Saca la escuadra.

 

—¿Todavía tenés la bolsita?, ¿Y le bordaste flores? ¡No lo puedo creer! No creciste, Ada —le dice y no para de reírse.

 

Ada se va a levantar, pero en ese instante se cruzan las miradas. Claudio levanta el torso, hace fuerza con los brazos para despegarse de la silla. Se acerca más y la besa. Ada no se mueve. Cierra los ojos y huele su perfume, mientras los cachetes se le vuelven rojos. Claudio gira la silla como si fuese un trompo. Quedan enfrentados y su mirada es un vector que la atraviesa.

 

—Yo también te extrañé —le dice entre dientes.

 

Ada se sofoca, quiere hablar, pero en cambio manotea la libreta y el Repetto.  Atropella a su madre en la cocina y se escapa como una ladrona. Al llegar afuera, ya no cae ni una gota de agua. Escucha un golpe seco. Se da vuelta y lee la hoja pegada en el vidrio: “Perdón”.

 

—Mañana vuelvo. Tengo que devolverle las ojotas a tu mamá — le grita y se sonríe.                                                                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marisa Gomez

 

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