Mamá le grita a mi abuela Lala que es más buena que el arroz con leche.
—Ya te dije que me tenés harta con el control. Hoy me voy de verdad, pero escuchá bien, me llevo a Mía.
Después, me grita a mí.
—Apurate con la leche y no me mires con esa cara. Tu madre no está loca.
La abuela Lala llora. Le suplica que no me lleve y le aclara con firmeza.
—Lo único que te dije es que dejes esas porquerías y a tus amigotes. Sabés que yo me ocupo de Mía. No podés llevártela, ella quiere estar con su Lala.
Corro. Me agarro fuerte de la cintura de Lala como si fuese una garrapata, pero mamá me desprende a tirones.
Estoy sentada detrás en el taxi, al lado de mamá. Me seco las lágrimas y le tiro besos a la abuela que se seca las suyas. Después corre hasta el auto y me entrega un papelito doblado en cuatro que guardo en el bolsillo de la campera.
—No lo pierdas. Mostralo —me dice en voz baja.
El taxi se aleja del pueblo y avanza por un camino de tierra hasta que estaciona frente a una casa con columnas de mármol, inmensas.
—Señora, ya llegamos. Este es el colegio de las pupilas, el de la Señora del Carmen —le dice.
Me agarro como una ventosa al asiento del taxi, pero mamá por segunda vez me arranca con la fuerza de un huracán, me sujeta la mano, me la aprieta hasta hacerme doler y me lleva arrastrándome por el pasillo.
—La decisión está tomada. Me voy por un mes. Acá vas a estar mejor que con esa metida de tu abuela Lala —me dice mamá con las cejas levantadas y los ojos desorbitados a los que estoy acostumbrada mientras repasa las tablas de la pollera con los dedos de las manos. Después, me besa y corre al taxi. A mí se me hace un hueco en el pecho que se agranda mientras miro el auto que desaparece detrás de una nube de polvo.
La superiora agarra mi mentón, lo levanta y nos quedamos mirándonos hasta que siento las medias y los zapatos, húmedos. Me meé. Me lleva a los dormitorios y me deja con dos chicas mucho más grandes que yo. Abren mi valija, ordenan la ropa en el armario y tratan de convencerme para que me cambie. Lo único que me importa es llorar y lloro.
Las dos chicas me insisten para que saque la ropa meada. Como no quiero me llevan al comedor con ellas. Yo, sigo llorando.
Es la tardecita.
Sigo sentada llorando en la punta de la cama y las chicas a mi lado.
La cara se me puso bordó y los ojos se me hincharon.
Al rato aparece la superiora. Me habla y me vuelve a hablar, pero yo, lloro. Después le entrego el papelito que me dio la abuela. La monja lo abre, lo lee, se queda pensando y les habla en voz baja a las dos pobres pupilas que ya no saben qué hacer para evitar mis llantos.
—Tranquila, todo estará bien. Ya regreso— me dice la monja y me da un beso muy dulce en la frente.
Mi cara se me puso más hinchada, roja; los ojos, chiquititos, como los de las perdices y mi corazón en cualquier momento revienta. No me importa, sigo llorando.
El cuarto se está poniendo oscuro. Oigo el chirrido de la puerta, levanto la cabeza. Es la superiora y al lado está parada mi Lala.
La abuela corre y me abraza hasta dejarme sin respirar.
—Vamos a casa. Después le explicamos a tu madre —me dice y sus besos se mezclan con mis risas que no paran.
Marisa Gomez