Lo de hoy fue cine puro. Minutos después de haber errado un penal que pudo haber cambiado todo, Leo tuvo esa capacidad de resiliencia que solo los más grandes poseen. Se levantó, sacudió la bronca y, poco después, se encontró con la pelota que tanto buscaba para mandarla a guardar. Con esa definición, dejó atrás todas las marcas anteriores y se quedó solo en la cima.
Es una locura pensar en el camino que recorrió para llegar a esto. Desde ese primer gol allá por 2006, pasando por cada torneo hasta hoy, siempre mantuvo esa obsesión por ganar. Lo más increíble es que el penal fallado no lo desmotivó: en lugar de caerse, fue por la revancha inmediata y se convirtió en el máximo artillero de la historia de los mundiales.
Todavía quedan minutos de juego y la Selección sigue peleando el resultado, pero la noticia ya dio la vuelta al mundo. El hombre que tiene más goles que nadie en la historia de las Copas del Mundo es argentino, es nuestro y, aunque parezca mentira después de tanto tiempo, sigue jugando ahí, frente a nosotros.