RED43 opinion Esquel
21 de Junio de 2026
opinion |
Marisa Gomez

"El reloj"

Columna literaria por Marisa Gómez. 

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Como todos los días, a las doce en punto, el reloj de madera, herencia de los abuelos del marido de Elena, fallecido hace una década, lanza sus campanadas sonoras e irrumpe la charla con su sobrino. 

 

—Tendrías que bajarle el volumen, ¿querés que me fije? — pregunta Juan.

 

—No, déjalo así. Me trae muchos recuerdos. Me gusta. Vamos a la mesa, ya está la comida.

 

Ángela, la mujer que la ayuda y la acompaña desde hace más de tres décadas, deja el pastel de papas sobre la mesa. Juan se sirve una copa de vino.

 

—Hoy me siento Matusalén — dice Elena mirando fijo el reloj.

 

—Ay tía, no digas eso. Te queda todavía mucho tiempo. 

 

Juan saborea el pastel y va por la tercera copa de Merlot. Otra tarde perdida piensa mientras Elena da inicio al monólogo, el de todos los días, cómo conoció a su esposo piloto de avión, el amor a primera vista, las facciones limpias y el traje de la fuerza aérea. Habla de los viajes, los regalos… Llora como si fuese una adolescente, se ahoga, después suspira y relata la experiencia por el Nilo. 

 

Juan no la escucha, no sabe cómo hacer para que la tía le diga qué pasó con los campos en La Pampa y con la fortuna de su tío. De eso no habla nunca. 

 

Él sabe que guarda la plata en algún lugar de la casa, no confía en los bancos le ha dicho más de una vez. No se atreve a preguntarle directamente, sabe que ella se daría cuenta de sus intenciones. Nada le afloja la lengua, ni el vino, ni el fernet que le agrega al café.

 

Después de disfrutar dos pocillos, la tía respira lento y entrecierra los ojos. 

 

Juan se da cuenta que ese día tampoco le va a decir nada más. Se despide  se va. 

 

La tía oye el sonido de la puerta del ascensor, se acomoda en el sillón, llama a Ángela y le dice con voz apagada.

 

—¡Cómo valoro su persistencia! No existe otro en la familia. A Juan lo manda la madre, pobre criatura venir todos los días a escuchar a esta vieja.

 

Elena se queda mirando el sol que entra por la ventana y entre dientes acompañado de una sonrisa le aclara a Ángela. 

 

—Prepárame otro cafecito, pero con unas gotas de leche.

 

Después piensa, mira el reloj mientras saborea traguitos cortos y llama a Ángela 

 

— Te voy a abandonar.

 

—Por favor, señora Elena, usted tiene hilo para rato.

 

—No, no es así. Conozco mi corazón, está lento. Siento que se apaga 

 

Ángela ayuda a Elena a levantarse del sillón y la acompaña al dormitorio. Corre la colcha, le acomoda las dos almohadas, la va a ayudar a desvestirse, pero Elena tranquila y en voz suave, le dice. 

 

—No, no lo hagas. Ayúdame a sentarme y a lucir elegante. 

 

Ángela se queda mirándola y las lágrimas corren por su cara. Quiere detenerlas, pero Elena la mira.

 

—Gracias. Dame tu mano, así quiero estar. Siempre tan fiel y queriéndome, hermana mía del corazón. 

 

Elena se descuelga la cadena con el relicario, lo abre, le muestra la llavecita y se la entrega a Ángela. 

 

—Esto abre la puertita de atrás del reloj. Todo lo que está ahí dentro, te pertenece. 

 

—No señora… 

 

—Sí, prometeme que te lo llevas esta noche. 

 

Respira hondo, cierra los ojos e inclina la cabeza hacia un costado.
 

 

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