Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac.
La infancia: entre la escasez y el amor
“Yo soy criada en Corcovado, con mi abuela materna”, dice Marita Saez, y en esa frase cabe el origen de todo. Su historia empieza lejos de los archivos y los museos que más tarde habitaría, en una casa humilde donde la escasez era parte del paisaje cotidiano.
“Éramos muy humildes… mucha escasez. Así que, bueno, la abuela hacía de todo para poder darnos el alimento”, recuerda. La memoria no está hecha de grandes tragedias sino de escenas pequeñas: catres, cueritos de oveja, el ingenio para que la comida alcanzara.
La figura de su abuela se impone como un pilar: “Hacía todo lo imposible para darnos un plato de comer”.
También están los sabores, que vuelven como imágenes vivas: “Las tortillas al rescoldo eran maravillosas… ese aroma que empieza a invadir eso de uno hoy con la edad madura”.
Pero su historia también tiene una ausencia fundante: “A mi mamá no la conocí. Yo tenía, creo que cuatro años, cuando ella falleció”. Esa pérdida temprana dejó una marca que todavía hoy intenta reconstruir.
El deseo de irse: “yo quería volar”
A los 12 años, algo ya estaba claro: había un impulso que la empujaba hacia otro lugar.
“Yo siempre soñaba con irme de Corcovado. Siempre soñaba… yo quería volar”.
Ese deseo se concretó cuando logró convencer a su hermana de llevarla a Esquel. Tenía apenas 13 años cuando empezó a trabajar como empleada doméstica. Poco después, llegaría el encuentro que cambiaría su vida.
La familia del corazón
“Un día… me apareció un trabajo de niñera cama adentro”, cuenta. Allí conoció a Eduardo y su esposa Anita, quienes se convertirían en mucho más que empleadores.
“Con el tiempo ya terminé siendo una hija más. Y fue… el lugar donde yo pude sentir el abrazo de familia”, nos cuenta.
En esa casa encontró algo que no había tenido: pertenencia, afecto y dirección. También un mandato claro, había que estudiar: “Lo más importante era estudiar. Porque yo no había terminado la primaria”.
Gracias a ellos logró hacer sus documentos, terminar la escuela y continuar formándose. “Me recibí abanderada”, dice con orgullo.
Y recuerda una frase que la acompañó toda la vida: “‘Vos con estudio y conocimiento podés enfrentar hasta al presidente de la nación’”.
Los libros como puerta
Su llegada a la biblioteca municipal fue, al principio, abrumadora. “Yo decía: ‘¿esto cómo voy a hacer para aprender todo esto?’”, recuerda.
Sin formación específica y rodeada de libros que no conocía, atravesó inseguridades y momentos difíciles: “Hubo días que salí bastante consternada… yo decía, no voy a aprender todo esto de memoria”.
Pero algo cambió. Los libros dejaron de ser un obstáculo y se transformaron en herramienta:“La biblioteca para mí fue realmente el lugar donde yo exploté de conocimiento”.
Ahí se consolidó un rasgo que atraviesa toda su vida: el vínculo con la gente.
El museo y la memoria colectiva
En 2007 logró llegar al área de Patrimonio y al museo, un espacio que había imaginado durante años. “Yo decía: cómo no va a haber un espacio patrimonial para recuperar toda la historia de esta gente”, cuenta Marita.
Desde allí trabajó para rescatar historias anónimas, objetos cotidianos y memorias en riesgo de desaparecer: “Se iba la historia de Esquel… y yo decía, es nuestra historia”.
Ese trabajo no solo fue profesional: también la impulsó hacia su propia búsqueda.
La historia personal: reconstruir(se)
Durante años, Marita contó su vida desde la adolescencia en adelante. Pero algo cambió: “Ahora empecé a ir como más atrás… y me voy encontrando”.
Ese proceso no es fácil: “Tengo momentos que es medio duro”.
Hay preguntas abiertas, especialmente sobre su madre: “La madre es el pilar… y no tener una imagen, uno es como que siempre anda buscando”.
Entre los pendientes más importantes, hay uno que la atraviesa profundamente: “Tengo algo muy importante que es cruzar a Chile… porque los restos de mi mamá están en Chile”.
Las otras familias
Si algo sostiene su recorrido, además de su familia del corazón, son las amistades: “Fueron las que me levantaron cuando yo decía ‘no sirvo’”.
Las nombra como otra forma de familia: “Esta es la otra familia que uno termina adoptando”.
También están sus hijas, su mayor orgullo: “Son mi fortaleza, son mi fuerza”.
Identidad y sanación
Hoy, ya jubilada, Marita sigue trabajando como voluntaria y continúa ese proceso de reconstrucción interna: “Contando, contándonos, sanamos”.
Y encuentra una imagen precisa para describirse: “Yo me imaginaba como un árbol pero con las raíces colgando… como que de a poquito voy pisando el suelo firme”.
La vida de Marita Sáez no es solo una historia de superación, sino de búsqueda. Una búsqueda que empezó en la carencia, se sostuvo en el afecto y hoy se proyecta en la memoria.
“Hay que seguir, como he seguido siempre”, insiste. Y en ese seguir, contar(se) se vuelve, finalmente, una forma de volver a casa.
Agradecemos a Marita por el cálido recibimiento en su hogar, por sus palabras y por el compromiso con esta entrevista y con nuestra ciudad.