Pedro abre los ojos junto a la luz del amanecer que se cuela en el cuarto. Se viste, se toma unos mates con su China, como le dice a la mujer y camina hasta el camión para revisar las sogas de la lona, por última vez. Se acomoda la boina, toma el amargo y le dice.
–Tranquila mujer. Llego a Trelew y te llamo. Mañana a la tardecita tu potro está de vuelta – y le palmea la cola.
Otra vez andando por la ruta, con la carga pesada y su camión viejo. Hace más de treinta años que transporta bolsas de cemento. Está acostumbrado, pero cada vez tarda más tiempo en llegar y eso no le gusta nada porque todo se atrasa. Justo a la hora de cerrar, llega a Trelew y al corralón. Quedan pocos empleados y la descarga se hace lenta. Pedro mira la hora y piensa en la Negra, no la ve hace más de dos meses. Nunca se sintió tan querido, aunque reconoce que no es barato.
Antes de que el cielo se ennegrezca llega a la casa de la Negra en Gaiman. Desde el camión llama a la China y le dice que recién llegó a Trelew, la ruta se le puso brava, muchos guanacos y tuvo que ir a paso de hombre. Al otro día, después de descargar, pega la vuelta.
La Negra lo espera con unas buenas milanesas, huevo y papas fritas y un tinto de esos que a él le gusta. Antes de la media noche siente el cuerpo agotado y la cabeza pesada por las dos botellas de vino que se tomó. En el cuarto no alcanza a desvestirse y se queda dormido por los mimos en el cuello y oreja.
Se despierta cuando el sol ilumina toda la habitación. Se sienta en la cama, entreabre los ojos, se asusta hasta que reconoce el cuarto. Mira su reloj pulsera, las once. Se levanta como un resorte. La Negra sentada en el comedor lo espera con unos mates amargos mientras le hace masajes en la espalda hasta hacerle sonar los huesos. Después de saborear tres huevos revueltos con panceta y pan casero, y un buen trozo de queso y dulce de batata se tira en la cama y llama a la Negra.
–Venga con su potro, mi guacha linda.
Se queda dormido hasta tarde, como siempre se olvidó colocar la alarma del celular.
No le gusta manejar de noche, pero no puede quedarse hasta el otro día. La China que ya sospecha algo, lo mataría. Él la quiere, pero esto es otra cosa, se dice. La llama varias veces, pero no responde. Le deja un mensaje de voz. Después de un buen rato la China contesta, después hablamos.
Pedro estaciona el camión en su casa, se rocía con el aromatizador, se peina el cabello hacia atrás, se acomoda la boina, se baja, arregla la camisa, mientras piensa qué le va a decir. La ve, la levanta y le da un giro.
–Mi China, no lo vas a creer, existen esas bestias– le dice y sigue con el envión de su mente.
–Ya de vuelta, cerca de Tecka, en el medio de la nada, vi una luz en el cielo que me dejó ciego. Doblo en la curva y ahí veo la nave, un bicho precioso. Me cagué todo. No me podía mover. Hasta que el camión se levantó y llegó cerca de la luna. Después no sé cómo aparecí de vuelta en Trelew.
–¡Qué barbaridad! –se le acerca y lo huele. Pedro entusiasmado quiere seguir contando, pero la China le tapa la boca. Ahora le mira el cuello. Pedro se acuerda de las marcas que le dejó la Negra.
–No lo vas a creer.
La cachetada llega precisa y dolorosa.