Jesusa levanta la cabeza y la mirada se pierde entre los huecos que deja la cortina. Acaricia los brazos de la silla mecedora y se hamaca al compás de la caída de la nevisca, lentamente. Acomoda la manta que le cubre las piernas, se queda mirando sus manos y después vuelve a levantar el mentón para dejar sus ojos quietos en la ventana.
Afuera todo se va cubriendo de blanco.
Se le escapa una sonrisa y recuerda cuando pasaba su mano por la mesa de madera de la cocina y esparcía sobre ella el paquete de harina para que se formara una nube que Martina, su nieta, adoraba y se ponía a bailar antes que la harina se depositara en el piso.
Jesusa se acomoda el gorro de lana, se levanta de la mecedora y camina rengueando hasta la cómoda, va y viene. ¡Cuántos inviernos pasaron juntas! Regresa con paso corto hacia la ventana, se apura porque cree escuchar la voz de su nieta, esa vocecita chillona y a la vez dulce, cuando se empeñaba en que su muñeco de nieve fuera el más lindo de Ingeniero Jacobacci, pueblo que recibió a Jesusa desde los tres años cuando llegó con su padre y tíos desde España. Su madre había fallecido en el viaje y al año, su padre se casó con una prima a la que Jesusa siempre llamó mamá.
Corre la cortina, apoya la nariz en el vidrio helado y sus ojos se quedan fijos en los pinos que hoy están blancos como ese invierno de agosto que nevó y nevó. Las clases se había suspendido y Martina se pasó todo el mes con ella. Tomaban mate y más mate, ponían leña al fogón y ella buscaba la lata de dulce de batata y enterraba la cuchara grande para sacar grasa que después tiraba en el hueco que había hecho en la harina.
Se mira las manos y empieza con ese movimiento de los dedos, el que unía la grasa y la harina. Después tiraba chorritos de agua caliente, mientras su nieta amasaba, hacía bollitos y escuchaba las historias que Jesusa le contaba de Balboa en España, que había oído de chica. Y al terminar le decía, prometeme que algún día, cuando seas más grande, vas a viajar al pueblito de mi madre. Y Martina le decía, sí abuela. Te lo prometo.
El resplandor le cierra los ojos. Escucha lejos la voz del locutor de Radio Nacional, sale el sol y empieza el deshielo.
Sonríe mientras se ve amasando, haciendo un bollo, rompiéndolo en varios pedazos, volviéndolo a unir, volviéndolo a amasar, a tirarlo sobre la mesa, y recuerda las fiestas de las peladas de ojos y la esquila y a Martina que la seguía como los borregos guachos…Las tortas fritas calentitas que le llevaba para despertarla y las ovejas bebés, chiquitas como ratones que ella cuidaba y le daba la mamadera.
Jesusa se sienta en la mecedora, se vuelve a mirar las manos y se ve agarrando el primer bollo para amasarlo, estirarlo y volverle a pasar el palo que a cada rato limpiaba con su mano, preparar la olla con aceite, llevarla al fuego, tirarle los cuadrados de masa y mirar como poco a poco se hinchaban.
Por momentos ríe, pero también llora como una nena, cuando cree escuchar unos golpes en la puerta.
–Martina, ¿sos vos?