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29 de Marzo de 2026
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Héctor Gonda: elegir el sur, una y otra vez

De Bernal a la Patagonia profunda, de la ciencia forestal a la fotografía de la vida silvestre, la historia de Héctor Gonda es la de alguien que nunca dejó de buscar. Y que, incluso después de décadas de carrera, volvió a empezar.

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Por Rocío Germillac y Elisabet Blanco Wegrzyn. 

 

 

 

Donde todo comienza: un sur imaginado

 

Hay vidas que empiezan mucho antes de que uno lo note. En recuerdos dispersos, en viajes escolares, en intuiciones que todavía no tienen forma.

 

“Nací en el Gran Buenos Aires, en la zona sur, en Bernal”, cuenta Héctor Gonda. Su infancia transcurrió entre Bernal y Quilmes, entre deportes, clubes y el Colegio Salesiano. Pero también, silenciosamente, empezó a gestarse un deseo: “Siempre mi idea fue venir a establecerme a la Patagonia”.

 

Aquellos viajes del colegio fueron más que excursiones: fueron una promesa.

 

 

 

El primer salto: hacia el extremo del mapa

 

La vocación encontró su cauce en la Ingeniería Forestal, estudiada en La Plata. Y apenas llegó el título, llegó también el salto: “Conseguí un trabajo en Tierra del Fuego”.

 

Era otra época. Otro país. Otro sur. “Tierra del Fuego era una aldea… tenía 10.000 habitantes, muy chiquito”, nos cuenta.

 

Allí no solo empezó su carrera: también vivió de cerca la historia, en tiempos de la guerra de Malvinas. El paisaje era vasto, pero el camino recién comenzaba para el joven Héctor.

 

 

 

La obsesión como brújula

 

Si hay algo que define a Héctor es la intensidad. La forma de entregarse por completo a cada etapa. Su paso por Canadá lo confirma. Llegó con una beca y se quedó más de dos años, sumergido en el estudio: “Me enfrasqué totalmente… doce horas de lunes a domingo”.

 

El mundo exterior se desdibujó. Incluso los hitos colectivos: “Ni me enteré que salimos campeones del mundo en México”.

 

Pero en ese aislamiento también ocurrió algo profundo: una transformación en la mirada. “Llegué a ver a la Argentina con ojos de canadiense prácticamente”, asegura.

 

 

 

Lenguas, caminos y desvíos necesarios

 

Antes de asentarse definitivamente en la Patagonia, hubo otra parada inesperada: Venezuela. Allí fue profesor de inglés, una faceta que no todos conocen, pero que él valora especialmente. “Fue donde realmente me formé”, dice sobre el idioma.

 

La experiencia no fue un paréntesis, sino parte del mismo viaje. Una suma de herramientas, de miradas, de mundos. Estos lugares formaron a Héctor, definieron sus pasiones y reafirmaron el deseo de siempre: volver al sur. 

 

 

 

Echar raíces en el viento

 

En 1990 llegó a Esquel. Y esta vez, el movimiento se detuvo: “Vine con la idea de dejar los huesitos acá”.

 

Desde entonces, su vida quedó ligada al CIEFAP y a la docencia universitaria. Investigó, enseñó, acompañó cambios en la forma de entender los bosques. “Cuando yo estudiaba, lo normal era reemplazar bosque nativo… con especies exóticas”, cuenta.

 

El tiempo, como los árboles, también transforma. En las aulas, encontró otra forma de sembrar. La Silvicultura —su materia— era más que técnica: era una forma de pensar el vínculo entre el hombre y el bosque.

 

 

 

El día en que todo volvió a empezar

 

Hay momentos que dividen una vida en dos. Para Héctor, ese momento tiene fecha precisa: “En noviembre de 2011 hice un taller de observación de aves y me cambió la vida”. Así, sin más. “Me apasionó muchísimo el tema de las aves”, nos cuenta.

 

Lo que siguió fue una cadena natural: la fotografía, el aprendizaje, la exploración. Primero aves, luego todo: “Todo lo que tiene vida, de alguna manera”.

 

La ciencia se encontró con la sensibilidad. Y nació una nueva forma de mirar.

 

 

 

Nombrar el asombro: la segunda adolescencia

 

A veces hace falta escuchar a otro para entender lo que nos pasa. Héctor encontró esa explicación en una entrevista: “Es algo muy nuevo… donde gente ya de más de 50 años encuentra una pasión por una actividad que no es la que ha venido desarrollando en su vida”.

 

La definición lo atravesó: “El nombre oficial sería Segunda Adolescencia”.

 

No hay nostalgia en esa idea. Hay impulso. Hay descubrimiento.

 

 

 

El tiempo ganado: otra forma de estar en el mundo

 

Lejos de significar un cierre, la jubilación abrió otra etapa. Hoy Héctor guía, enseña, fotografía. Sigue recorriendo el territorio con la misma curiosidad de siempre: “Voy siempre con mi equipo… y donde veo alguna planta, algún insecto, algún ave… le saco foto y la agrego”.

 

Cada imagen es una forma de permanecer. De registrar lo que vive. De estar presente. 

 

 

 

Lo que queda: una ética del presente

 

Al final, después de tantos caminos, lo que aparece es una certeza sencilla: “Disfrutar del tiempo presente… hacer lo que nos gusta y tener conciencia todo el tiempo de que la vida es corta”.

 

No hay solemnidad en sus palabras. Hay experiencia. Y también una invitación a romper con una idea instalada: “A la gente grande: si tienen ganas de hacer algo no lo piensen dos veces”. Su historia lo demuestra. No como excepción, sino como posibilidad.

 

Porque a veces la vida no es una línea. Es un bosque. Y siempre hay senderos nuevos por descubrir.

 

 

 

Agradecemos a Héctor por brindarnos un momento para conocer más de su vida y sus pasiones. 

 

 

 

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