El carnaval en la Sociedad Rural es el festejo más esperado en La Olvidada, uno de los tantos pueblos del norte. El presidente al que apodan, el Corcho, por lo petizo y retacón, se ocupa de todas las activades del club.
Este año se obsesionó con la construcción del Rey Momo. Se pasó meses con los bosquejos, las medidas y los materiales. Armó grupos de trabajo con los socios para construirlo por partes: el cuerpo, los brazos, las piernas, y por último la cabeza que se le ocurrió que debía ser la de un negro esclavo.
Todas las tardecitas, el Corcho lleva a la sociedad varias pilas de diarios y un tacho de veinte litros de engrudo. Los miembros de la comisión pegan capas y capas de papel para construir las distintas partes del cuerpo. Ahora sólo falta la cabeza pero nadie quiere subirse a la escalera y llegar allá arriba.
Al final, ante tanta indecisión, la vicepresidenta, viuda desde hace un mes, se ofrece a realizar la tarea, como un homenaje para su marido muerto, miembro de la comisión directiva. Todos aplauden. El Corcho, con evidente emoción, dice que la va a ayudar, el contador de nuestra querida Asociación se va a sentir más tranquilo si cuido a su querida esposa, agrega. Más aplausos.
Se reúnen a las nueve cuando las actividades se acaban. No quieren ser interrumpidos por temor a perder la concentración y sufrir alguna caída.
Los rumores no tardan en correr. Parece que por esas alturas se escuchan risas, y algún que otro gemidito, así cuenta la esposa del vocal, y la concesionaria de la cantina responde, pobre hombre, que querés, con la mujer que tiene.
Llega el día. El Corcho y la vicepresidenta inauguran la fiesta con un pasodoble, bailan apretaditos, cachete con cachete, en medio de los silbidos, gritos y los ojos puestos en la esposa del presidente, sentada en la mesa de los miembros de la comisión, con una copa de vino que toma trago a trago.
En minutos la pista se llena y el Corcho desaparece. Después se lo ve en una esquina como cabeza del trencito junto a la vicepresidenta. Dan vueltas por todo el salón. La esposa sigue sentada con la copa en la mano.
Cerca de las dos de la mañana, el Corcho y la vicepresidenta caminan sujetando la antorcha hasta dejarla en los pies del Rey Momo. La orquesta sigue la lenta ascensión del fuego dramatizando cada momento con redoblantes, platillos, y trompetas. El pueblo vibra, aplaude y se estremece.
Los miembros de la comisión lloran por la emoción de meses trabajados y en ese momento de máxima tensión, el Corcho piensa en su esposa. Corre a buscarla. No la encuentra. Habla con el mozo que no sabe en qué momento se levantó. Los acomodadores de los autos dicen, no haber visto nada.
—A correrse, se cae la cabeza — gritan todos.
El fuego ilumina el predio y cree verla. Corre hacia el bosque de eucaliptos. Su esposa está sentada en el suelo, con la botella en una mano.
—Te esperaba —le dice y toma otro trago del pico.
El Corcho forcejea hasta quitarle la botella. La levanta, la endereza y le saca los pastos del vestido. Los dos del brazo, atraviesan el predio con paso corto, se detienen junto a la gente y miran los resto del Rey Momo. Levantan el mentón y observan la luna llena, perfecta.
Después se miran, como si fuesen dos enamorados.
Marisa Gomez