RED43 sociedad Columna literaria
15 de Febrero de 2026
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La enferma

Columna literaria de Marisa Gómez. 

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Mi hermana está en la cama desde hace dos días. Vomita, llora, la piel se le puso amarilla y las ojeras le tapan toda la cara. Mamá se lo pasó limpiando el piso, cambiando las sábanas y perfumando el cuarto. Mi abuela ni bien se enteró, se instaló en casa para ayudar, pero mandonea.

 

El médico revisa a mi hermana.

 

–Hepatitis –dijo, cuando vio los análisis. Y en una hoja escribió las indicaciones para la primera semana: No levantarse de la cama. Agua, mucha agua. Té negro con azúcar. Sopa de verduras. Zapallo hervido.

 

–En el campo cuando uno de mis hermanos se enfermaba, mamá nos acostaba a todos juntos, así nos contagiábamos. Después teníamos defensas para rato– dice mi abuela, que quiere que me acueste con mi hermana y coma en el mismo plato. Así que en un descuido desaparezco.

 

Papá trabaja todo el día, mamá sigue atendiendo a mi hermana y la abuela me obliga a entretenerla. El juego de las damas no le gusta, la lotería la aburre, pintar le parece tonto, dibujar es de nenas.

 

–Vamos a jugar con tu muñeca– le digo.  

 

–No. Me la vas a romper, no cuidas nada, andate– me dice.

 

La dejo sola, pero la espío desde la puerta y cuando se duerme reviso su cómoda y ahí la encuentro, es preciosa, en todo el pueblo nadie tiene una muñeca que llora y dice, “mamá te quiero” con solo apretarle la panza. Mi hermana la saca para jugar con las amigas.

 

Llega la enfermera de la familia, doña Roberta que impresiona por los labios pintados de rojo chillón al igual que las uñas. Charla con papá en la cocina, acepta un whisky y pica queso con unas tostadas que papá recién saca del horno, encendido desde la tardecita para dar calor a los ambientes. Le cuenta, otra vez, de cuando lo trajo al mundo y de lo redondita que era mamá y que tenía la cachufleta grande. Después entra a la habitación con la caja de metal y las agujas, se para al lado de la cama de mi hermana. La muy escandalosa grita como los chanchos cuando los llevan al matadero. 

 

Mamá y papá la sostienen. Mamá la agarra de las piernas y papá le sujeta el cuerpo, no sabe de dónde saca tanta fuerza. Mi hermana grita, parece que la garganta le va a explotar. Roberta le coloca en el brazo derecho una goma, la ajusta, pero no se ven las venas, prueba en el brazo izquierdo, tampoco se ven. Doña Roberta está toda sudada y a los pocos minutos, revolea las gomas y dice que se va. La abuela le alcanza otro whisky y otros cuadrados de queso.

 

Mamá le jura a mi hermana que le va a comprar la última muñeca, la que además de hablar, gira la cabeza en cuatro posiciones, triste, risueña, llorona y la cuarta no me acuerdo porque la bronca me sube a la cabeza. Yo le pedí esa muñeca hace meses cuando cumplí seis años y no me la compraron por ser la más cara del mercado y ahora se la van a comprar a ella.

 

Mi hermana se deja pinchar como si nada.

 

Doña Roberta guarda las gomas, las agujas y se pinta los labios.

 

–Qué nena obediente, ahora me puedo ir –le dice a mamá.

 

Corro y me voy al patio con Malena, la muñeca de mi hermana. Le perforo los ojos y sin que me vean la dejo sentada en el living. Mi hermana la pide, mamá se la lleva.

 

–Me la dejó ciega, Malena está ciega, no la quiero más– grita y la rebolea.

 

Mi abuela la agarra para acomodarle los ojos y sin querer le rompe la nariz. Mi hermana la ve y de tanto llorar se desmaya.

 

Mamá corre, papá también, la abuela me mira, me cierra un ojo.

 

–Puro teatro la mocosita.

 

 

 

 

Marisa Gómez

 

Marisa Gomez

 

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