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19 de Julio de 2026
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Marisa Gomez

"Milagros"

Columna literaria por Marisa Gomez.

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Querida hija: 

 

En la adolescencia más de una vez nos preguntaste a quién habías salido. Con tu padre te contestábamos riéndonos, que un poco de nosotros y otro poco de tus abuelos. La verdad que en ese tiempo oscuro de la Argentina, tu padre fue soldado voluntario en el Hospital Militar Campo de Mayo. Jamás habló de su trabajo, así que todo lo supe mucho después, por los medios. Lo que ahora te cuento es lo que viví ese diez de marzo y lo que él me confesó antes de morir, porque por años dijo que no saber era la única manera de mantenernos vivos. 

 

Esa mañana de marzo, tu padre entró a la cocina de casa tan blanco que pensé que se desmayaría. Sacó un envoltorio de telas que colocó arriba del mesón. Apoyó su oreja muy cerca y me dijo en susurro para que nadie lo escuche.

 

–Vive. ¡Es un milagro!

 

Corrió a cerrar las cortinas, elevó el volumen de la radio y me hizo señas para que habláramos bajo. Después separó las telas y apareció tu carita con la naricita de muñeca y los ojitos cerrados. Los dos pusimos nuestras orejas en tu pecho y nos miramos con alegría, respirabas pausado. 

 

Tu padre lloraba como un nene. Me abrazó, temblaba tan fuerte que me hacía doler cada hueso. Dejé que me apretara, quería perder el miedo. Después, se calmó y con un algodón recorrimos tu cuerpecito, mientras tu padre me dijo.

 

–Los gritos se me clavaban en el pecho, había más de una chica en trabajo de parto. Me llamaron para ayudar. La madre falleció, pensaron que la beba también. Las dejaron tiradas y me dieron una manta para que las cubra y las lleve al camión. Al acercarme me di cuenta que la beba estaba viva. La metí en un bolso y rogando que nadie me viera la dejé en el baúl de mi auto. Enseguida pedí retirarme. 

 

A partir de ese momento, te llamamos, Milagro. 

 

Durante una semana no dormí. Te hice una cuna con una caja de cartón y te envolví en sábanas y mantas. Te alimenté con un gotero como lo hacía con mi gata. A la semana tu padre solicitó el traslado a la ciudad de Trelew. Te escondimos por unos meses hasta que regresamos a Río Gallegos dónde vivían los abuelos. Nadie preguntó. Y todos decían que eras igualita a mí.

 

Tu padre no fue como los demás hombres. Te quiso. 

 

Perdón.

 

Adriana abolla la carta que le entregó la dueña del hogar hace unas horas, cuando fue a despedirse apenas regresó de enterrar a su madre. 

 

Se prepara otro café y agarra la carta, la alisa y la vuelve a leer mientras piensa en la investigación minuciosa que realizaron las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo hasta lograr contactarse con la hermana biológica, melliza de su madre, también llamada Milagros, la única que sobrevivió y a la que conoció hace dos años, la que le contó otra historia. 

 

Su padre fue el carcelero de su madre, hermana y muchas mujeres más. Con solo escucharlo agitar las llaves, todas se descomponían. No pudo contarle a su madre de adopción la verdadera historia de su “padre”. Sí, su padre porque el ADN es 99,9 % compatible con el suyo.

 

 

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