En 1985 yo tenía once años y el mundo era tan frío como aquellos inviernos interminables. Cursaba sexto grado en la escuelita 112, un refugio más que una escuela, un faro pequeño encendido en medio de un barrio humilde donde la vida se remendaba como podía.
Los niños llegábamos buscando algo más que aprendizaje: buscábamos abrigo, compañía, un respiro.
El mate cocido humeaba cada mañana, acompañado por una rebanada de pan y una pincelada de dulce que sabía a gloria. Al mediodía, la magia de doña Dominga Catrilaf llenaba los pasillos con aromas que parecían nacidos del milagro: guisos de fideos, sopas espesas hechas con casi nada, pero que nos calentaban el alma.
Qué tiempos.
Tiempos de compartir un lápiz gastado, una goma diminuta, una hoja de carpeta salvada por un ojalillo.
Tiempos de aulas de techos altos y armarios metálicos que parecían custodiar nuestras vidas enteras.
En una esquina, la vieja salamandra nos reunía en torno al fuego, alimentada por los palitos que traíamos desde casa. Allí, con las manos extendidas al calor, éramos niños de papel: blancos, puros, frágiles… pero capaces de sostener sueños enormes.
En los recreos la vida explotaba.
Los varones jugábamos a la pelota o a las bolitas; las niñas saltaban la rayuela o los elásticos con risas que aún puedo escuchar si cierro los ojos.
A veces nos uníamos varios para formar “el rastrillo”, excusa inocente para atrapar a las niñas que nos gustaban. Era la forma de esconder la vergüenza detrás del grupo, de acercarnos sin tener que confesar que el corazón se nos apuraba sin permiso.
Hoy, 41 años después, miro hacia atrás con una nostalgia tibia y dulce, la nostalgia de quienes saben que ya no volverán a ser esos niños, pero que tampoco los han dejado ir del todo. Queríamos crecer, queríamos ser grandes… y sin saberlo estábamos viviendo nuestra mejor época.
Recuerdo a la señorita Valeria, con su ternura inagotable; recuerdo a Carmen, la bibliotecaria, que vio luz donde otros solo veían sombras. Ella creyó en mí, y ese acto simple —tan grande para un niño— me ayudó a ser quien soy.
A esos maestros de vocación infinita, a esos compañeros de humildad generosa, a esos vecinos que nos cuidaban como propios, les debo parte de mi historia.
Hoy el mundo es otro.
La tecnología nos conecta pero también nos aleja; los valores se diluyen como tinta en el agua; la vida corre y ya casi nadie mira al costado.
Pero aquella generación de los 70 y 80, aquella generación de papel, aprendió a dar sin esperar, a resistir sin quejarse, a ser fuerte desde la fragilidad.
Éramos papel, sí.
Pero un papel que no se rompía con nada.
Luis Alberto Cuadrado