Por Lelia Castro
En Esquel, el invierno no empieza en el calendario. Empieza cuando la mirada se va sola hacia la montaña.
Y cada año, antes de que llegue oficialmente la temporada, vuelve la misma frase en las conversaciones: “Los inviernos ya no son como antes”.
No es solo nostalgia. Es la memoria de una ciudad donde la nieve no era excepción, sino parte del paisaje cotidiano.
Calles cubiertas, techos blancos durante días y cerros nevados mucho antes del invierno oficial. Para quienes crecieron en la región, esas imágenes eran habituales.
El invierno empezaba en el hogar
En aquellos años, el frío no se esperaba: se preparaba.
La leña era central en cada casa. Desde Alto Río Percy y otros sectores rurales llegaban carreros y camiones cargados para abastecer a la ciudad. El acopio marcaba el ritmo previo al invierno.
En la mayoría de los hogares no había gas natural. La cocina y la estufa a leña eran el corazón de la casa: allí se cocinaba, se calentaba el agua y se compartía la vida familiar.
Las noches eran distintas. No había pantallas ni conectividad permanente. Muchas veces tampoco abundaba la electricidad. La radio a pilas era el único vínculo con el exterior: noticias, mensajes al poblador y una vida más simple, pero muy presente.
Abrigo hecho en casa
El invierno también se preparaba con las manos.
Madres y abuelas tejían durante horas pulóveres, medias, bufandas y gorros. La ropa no se compraba lista: se hacía en casa, con lana y dedicación.
El abrigo era parte del esfuerzo cotidiano para atravesar el frío.
Trineos, nieve y otra forma de jugar
Para los chicos, la nieve era sinónimo de juego.
En calles y pendientes de distintos sectores de la ciudad, los trineos aparecían apenas caía una buena nevada.
No eran estructuras sofisticadas: en muchos casos se armaban con madera, cajones o materiales improvisados. Había ingenio, pero también necesidad. Todo se resolvía con lo que había a mano.
Las calles se transformaban en espacios de juego, pero también en superficies difíciles, con hielo y nieve que condicionaban la circulación y la vida diaria.
La Trochita y los inviernos duros
Los inviernos también ponían a prueba el movimiento de la región.
La Trochita cumplía un rol fundamental como medio de transporte. En aquellos años no era un atractivo turístico: era esencial para conectar pueblos y parajes.
Las nevadas intensas, en ocasiones cercanas al metro de acumulación, podían impedir la circulación y dejar localidades aisladas hasta que mejoraban las condiciones.
Cuando la nieve empieza a faltar
Con el paso del tiempo, el paisaje invernal comenzó a cambiar.
Fenómenos como La Niña, junto con variaciones naturales del clima y los efectos del cambio climático, influyen en la cantidad de nieve que recibe la región. No hace falta una explicación técnica para notarlo: los inviernos ya no se comportan como antes.
Y eso tiene impacto directo en la vida local.
La nieve es parte central de la temporada en Esquel. El turismo, la gastronomía, la hotelería y los prestadores de servicios dependen del movimiento invernal. Cuando la nieve llega, la ciudad se activa. Cuando se demora, la actividad se resiente.
Mirar la montaña y esperar
Hoy, la escena se repite.
Vecinos que miran hacia los cerros, comerciantes atentos al clima, familias que recuerdan otros inviernos.
Algunos esperan la nieve por trabajo. Otros por costumbre. Y muchos porque en cada nevada vuelve una forma de vida que marcó a toda una generación.
Para seguir compartiendo memoria
Si tenés fotos, recuerdos o historias de aquellas grandes nevadas en Esquel, podés compartirlas. Cada testimonio ayuda a reconstruir cómo se vivía el invierno en otra época y a mantener viva la memoria de la ciudad.