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14 de Junio de 2026
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Néstor Martínez, una vida al servicio de la cultura patagónica

Llegó a Esquel con 14 años para estudiar en la Escuela Politécnica. Desde entonces construyó una historia atravesada por la música, la radio, la televisión, la luthería y una profunda pasión por la cultura patagónica.

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Por Elisabet Blanco Wegrzyn y Rocío Germillac. 

 

 

 

A primera vista, la casa de Néstor Martínez parece un museo de la memoria. Hay fotografías familiares, cuadros pintados por él mismo, guitarras construidas con sus manos, recuerdos de viajes, herramientas, juguetes de madera y objetos que conservan historias de varias generaciones.

 

Cada rincón habla de una vida atravesada por la creatividad, el trabajo y un profundo amor por la cultura patagónica.

 

"Cada cosa que hay acá tiene una historia", dice mientras señala una vieja cacerolita, colgada con cuidado en la pared, que perteneció a su madre. "Era la olla en la que mi mamá me hacía la comida. La rescaté en un viaje que hice allá a San Antonio, la encontré tirada en el fondo del patio de la casa vieja, la enderecé y la traje".

 

Es la misma sensibilidad que lo acompaña desde niño y que lo transformó en una de las figuras culturales más queridas de Esquel.

 

 

 

Un niño que fabricaba sus propios juguetes

 

Néstor nació en San Antonio Oeste, en Río Negro, y llegó a Esquel siendo adolescente: "Vine a estudiar cuando era jovencito, con 14 años llegué a Esquel".

 

Sin embargo, su historia comenzó mucho antes, en una estación donde trabajaba su padre. "Yo tenía 12 años cuando llegamos ahí", nos cuenta.

 

Por entonces ya pasaba horas construyendo juguetes: "Me gustaba hacer cosas con las manos, carpintería, cositas chiquititas. Con un serrucho, un martillo, una tenaza y madera de cajón hacía mis juguetes y los de mis hermanos".

 

Aquella habilidad llamó la atención de un visitante que vio los autitos de madera que usaban sus hermanos para jugar y pidió para sus hijos. Luego, un viajante de Esquel conoció sus trabajos y recomendó que estudiara en la recientemente creada Escuela Politécnica.

 

"Usted tiene que mandarlo a Esquel, que hay una escuela politécnica", recuerda Néstor que aconsejaron a su padre.

 

Néstor tenía apenas 14 años cuando dejó su hogar para estudiar: "Por esas casualidades, siempre digo, porque los planetas se alinean a veces".

 

 

 

La escuela que transformó todo 

 

La familia no tenía recursos para sostener sus estudios, pero consiguió trabajo y pudo instalarse en Esquel.

 

"Me vine a Esquel y estudié en la Politécnica, y me recibí en la Politécnica, y gracias al estudio de la Politécnica hice mi vida hasta aquí", cuenta hoy con orgullo, remarcando el nombre de la escuela que le dio tanto.

 

Todavía recuerda el impacto que sintió al entrar por primera vez al taller de carpintería: "Para mí fue una cosa increíble las máquinas. Yo nunca había trabajado en máquinas. Nunca había visto un formón o un cepillo de madera".

 

La fascinación fue inmediata: "Te juro que no falté ni un solo día en la práctica cuando estudiaba carpintería".

 

Aquella puerta terminaría conduciéndolo por caminos impensados.

 

 

 

Futaleufú: la gran escuela de una generación

 

Tras recibirse, Néstor formó parte de una generación de técnicos que participó en la construcción de la represa Futaleufú: "Nosotros los politécnicos fuimos muy bien recibidos por Agua y Energía", nos cuenta.

 

Recuerda aquellos años como una época de enorme aprendizaje: "Ninguno desentonó. Todos estábamos muy bien preparados para cualquier cosa dentro de la técnica".

 

Y agrega: "Fue una fuente de cosas que fuimos aprendiendo todos los politécnicos. Fue hermoso".

 

Durante ocho años trabajó en aquella gigantesca obra que transformó la región. Cuando llegó el momento de partir hacia otros destinos laborales, eligió quedarse.

 

"Me ofrecieron irme a otra empresa, a Jujuy, pero no quise. Renuncié y me quedé acá porque me gustó mucho Esquel".

 

 

 

El lugar que eligió para vivir

 

Con el paso de los años trabajó como maestro mayor de obras, ejerció de manera particular y más tarde ingresó a Salud Pública. "Hasta que me jubilé", expresa. 

 

Sin embargo, mientras construía hospitales y edificios, otra pasión crecía silenciosamente: la música.

 

Hoy recuerda esos años como intensos: "Siempre trabajando, paralelamente por hobby, porque me encanta cantar, trabajar para la cultura, hacer programas de radio, hacer programas de televisión".

 

Cuando habla de Esquel, su voz se llena de emoción: "No lo cambio por nada".

 

Y resume su vínculo con la ciudad con una imagen simple y poderosa: "Yo siempre digo que estar en Esquel es como estar en la cocina de mi casa".

 

 

 

El folclore como camino

 

La cultura apareció primero a través de la guitarra: "Yo creo que la parte de la cultura comenzó por el hecho de cantar. Tocar la guitarra y cantar, uno se va relacionando, conociendo gente, involucrándose más".

 

Con el tiempo comenzó a estudiar las raíces de las canciones y la historia detrás de cada obra. Y aquella búsqueda derivó en la radio.

 

"Me ofrecieron: 'vos podrías hacer un programa'", recuerda. Sin ser locutor ni técnico, se lanzó a la aventura: "Nos fuimos involucrando con mucha seriedad y con mucho respeto hacia la gente que te escucha en su casa".

 

 

 

El nacimiento de "Las voces de mi gente"

 

A mediados de los años noventa llegó una novedosa propuesta desde Trevelin. Mario Jones, propietario en ese entonces de FM del Valle, había escuchado con mucha atención los  programas de Néstor y quería algo similar para su emisora.

 

Martínez presentó un proyecto y eligió un nombre que terminaría acompañándolo durante décadas: "Le puse Las voces de mi Gente".

 

El programa comenzó en 1995, en el último piso del antiguo Molino de Trevelin, donde en ese momento funcionaba la radio. Néstor recuerda y cuenta con orgullo todo el trabajo que llevaron adelante para poder producir este programa. Afortunadamente, la propuesta encontró rápidamente una audiencia fiel.

 

Jones quedó sorprendido por la repercusión y le hizo una propuesta todavía más audaz: "Vos tendrías que hacer televisión".

 

Néstor nunca había estado frente a una cámara, pero aceptó el desafío guiado por ese deseo de dar a conocer la cultura patagónica. 

 

 

 

Amor por el sur y el talento de su gente

 

La televisión amplió su sueño. "Yo quería que sea cultural, que tenga que ver con la música, con la artesanía, con la plástica, con los libros, con todo lo que el hombre puede hacer con sus manos y su talento", recuerda.

 

Desde entonces dedicó su programa a visibilizar artistas locales: "Gente que por ahí no se anima ni a contar que hace un dibujo o que canta o que hace un verso".

 

Durante muchos años recorrió hogares, talleres y escenarios para mostrar aquello que muchas veces permanecía oculto. "Ha sido muy lindo todo este tiempo de traer gente, de conocer, de aprender a través del programa"  cuenta.

 

 

 

Una vida para sembrar cultura

 

Con los años, Néstor desarrolló una mirada crítica sobre la realidad cultural de la región.

 

Lamenta la falta de espacios colectivos y de apoyo sostenido: "Nosotros, fijate que en Esquel no tenemos un festival que nos represente, habiendo tantos músicos".

 

Y agrega: "Creo que en la región nuestra hay más músicos que en la costa y no hay un festival que tenga un sello propio".

 

Aun así, sigue convencido de que el camino es compartir. "Uno tiene que dar y juntarse para que crezca, para que sea algo más importante", asegura.

 

 

 

La familia, el sostén invisible

 

Detrás de cada proyecto estuvo su familia acompañando. "Tengo una familia muy linda, que acompaña mucho, que me apoya mucho, que me da espacios", nos cuenta.

 

Su esposa, sus hijos y ahora también su nieto forman parte de ese universo: "Tengo apoyo total".

 

Su hija diseña afiches y materiales gráficos. Su hijo, músico y conocedor del sonido, colabora en los espectáculos. Hoy, Néstor puede reconocer que son un pilar fundamental para el éxito de sus proyectos: "No estoy solo, por eso dura tantos años este programa, la radio, los coros".

 

 

 

Pintar la Patagonia

 

Después de jubilarse apareció una nueva pasión a la que describe como "una deuda pendiente". "Lo tenía pendiente porque no podía por mi trabajo, por mi familia", asegura.

 

Hoy, después de muchas clases, sus cuadros reflejan animales, paisajes y personajes de la región: "También de la pintura trato de llevar cosas que tienen que ver con la Patagonia y con la región".

 

Para él, todo forma parte de una misma misión: "Es lindo ser un mensajero de tu lugar".

 

 

 

Patagonia: la guitarra que se gestó en tres años y medio

 

Quizás ninguna de sus creaciones sintetice mejor su historia que la guitarra que construyó con sus propias manos.

 

Durante años soñó con aprender luthería y finalmente encontró un maestro llegado desde La Plata y comenzó el desafío.

 

"Hice esa guitarra", nos muestra con orgullo. La bautizó con un nombre inevitable: "Patagonia".

 

La construcción llevó tres años y medio. Cada pieza fue realizada con detalle y esmero. Enumera cada madera que compone la pieza, traste, cejilla, cada material y su origen. En su interior guarda un detalle profundamente simbólico: "Todos los refuerzos que tiene esta guitarra dentro son de madera de alerce".

 

Cuando recuerda el momento de colocar las cuerdas, todavía se emociona. 

 

 

 

Gales, los coros y los nuevos desafíos

 

La música también lo llevó lejos. Integró el Coro Seion, viajó a Gales y participó de experiencias inolvidables: "Con ese coro conocí Gales".

 

Y aunque los años pasan, sigue sumando proyectos.

 

Recientemente lanzó una radio por streaming para recuperar el espíritu de aquellos programas folclóricos de antes: "Estamos haciendo Las Voces Radio por streaming".

 

Las respuestas llegaron enseguida: "Hasta de España me llamó una persona".

 

Otro oyente le confesó algo que resume el sentido profundo de su trabajo: "Me llenó de nostalgia tu programa".

 

 

 

El niño que sigue construyendo juguetes

 

En una esquina de su estudio descansan los primeros autitos de madera que fabricó cuando tenía apenas once o doce años.

 

También hay otros más recientes hechos para su nieto. La escena parece cerrar un círculo: aquel chico que construía juguetes con madera de cajón sigue siendo el mismo hombre que hoy construye canciones, programas, cuadros y guitarras.

 

"Yo les digo que las cosas se pueden hacer. No solamente podés comprarlas", nos dice. Esta filosofía sencilla atraviesa toda su vida.

 

Y concluye advirtiendo del peligro de perder la creatividad y la pasión: "Creo que tenemos que seguir enseñando, tratando de aconsejar, e intentar que algo les guste y que lo busquen, que lo persigan".

 

Porque para Néstor Martínez, la cultura no es un patrimonio para guardar en una vitrina, es una semilla. Y él lleva más de medio siglo sembrándola.

 

 

 

 

 

Agradecemos enormemente a Néstor por recibirnos en su hogar y dejarnos conocer un poco más de su vida. 

 

 

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