Por Lelia Castro
La realización de la empanada más grande del mundo convirtió a Esquel en escenario de un récord Guinness junto a Baruch, pero detrás del hecho histórico hubo algo todavía más profundo: amistad, comunidad y personas que recorrieron miles de kilómetros para acompañar un sueño.
Desde Salto, Uruguay, Luis Núñez viajó más de 2.200 kilómetros para estar presente junto a Claudio Jaramillo. Instructor de pizza, campeón panamericano y amigo entrañable de Claudio, llegó sin medir distancias ni cansancio. Porque, muchas veces, la gastronomía también construye vínculos capaces de atravesar provincias, países y fronteras.
“Ustedes viven en el paraíso y capaz que no lo saben”, expresó Luis durante su paso por Esquel, luego de conocer paisajes, historias, el Viejo Expreso Patagónico, el museo de Nahuelpan y parte de una identidad cultural que, para quienes viven aquí, muchas veces forma parte de la cotidianeidad.
Pero Luis no estuvo solo. También llegaron referentes gastronómicos como Federico Domínguez Fontán, Aníbal Ramírez, Selva Rodríguez y Maximiliano Mieres, quienes acompañaron esta experiencia junto a Claudio, el equipo de Baruch y vecinos que hicieron propio el desafío.
Uno de los aspectos destacados fue la participación de estudiantes de la Escuela Cacique Inacayal, quienes pudieron compartir, aprender y acercarse a chefs de trayectoria nacional e internacional, en una experiencia que dejó enseñanzas más allá de la cocina.
La jornada también tuvo otro gran protagonista: el esfuerzo de los feriantes y emprendedores. Más de 95 puestos dieron vida al encuentro, aportando producción local, trabajo y dedicación en un espacio atravesado por los colores patrios y el orgullo de participar de un acontecimiento histórico para la ciudad.
Detrás de la empanada más grande del mundo hubo mucho más que gastronomía: hubo comunidad, identidad, amistad y el valor de encontrarse.