Hortensia sentada en el sillón del living de su departamento en Palermo, saborea la última cucharada de arroz con leche, cuando suena su teléfono.
–¡Hola, abuela! ¿Cómo estás?
–¿Nico? ¿Sos vos? Qué feliz estoy de escucharte.
–Sí, abuelita. Decime… ¿cómo estás?
–Tu abuela sigue espléndida aunque ya pasó los ochenta años. Por suerte, Ramona me cuida como un bebé. Contame de tu trabajo y de tu padre. Hace unas semanas que no me llama. ¿Está bien? Creo que su nueva familia y el traslado a Miami lo tienen muy ocupado.
–Sí. Justamente de eso te quería hablar. Papá me iba a prestar un dinero para la compra de un departamento porque no me alcanza con el crédito que me dio el banco.
–Ay tu padre, siempre igual.
–Por eso abuelita te pido que me ayudes. Nunca te pedí nada.
–Hace un año te ayudé para la compra del auto, ¿te acordás?
–Sí, si me había olvidado. Qué memoria abuelita. Pero hay un problema, no estoy en la ciudad. Voy a tener que mandar a un amigo.
–¿Un amigo?
–Sí, de mucha confianza. En una hora está allá. Decime bien la dirección así se la paso.
–¿No te acordás dónde vive tu abuela?
–Sí, pero no quiero equivocarme. Es medio bolado mi amigo.
–Nico, acordate que no hay mucha plata, pero sí el cofre con las pulseras de oro, las esclavas que tu abuelo me regalaba en cada aniversario, creo que también están los anillos de oro y el colgante de diamantes que me regaló para la navidad antes que le diera el ataque. Hay más, pero no lo recuerdo, son muchos años. Él estaría feliz de verte en un lugar con ventanas como el mío.
Hortensia le explica la dirección, mientras Ramona la escucha desde la cocina.
–¿Con quién hablaba señora Hortensia?
–Con Nico, mi nieto. Se lo escucha tan bien, es tan dulce y buen chico. Se va a comprar un departamento.
–¿Por qué no llama a su hijo?
–Está muy enloquecido con su nueva vida. No quiero molestarlo.
Hortensia camina hasta su cuarto, busca el cofre que hace años que no abre, se sienta en la cama y se coloca una a una las pulseras, las mira y su mente se queda ahí, quieta, mientras las lágrimas corren por la mejilla. Ramona la observa desde la puerta, se acerca y las dos cuchichean como si estuviesen escondiendo algo. Hortensia se ríe mientras Ramona busca un cofre viejo.
–¿Te imaginás la cara del pibe cuándo abra el cofre? –dice Ramona.
–Me encantaría verlo.
–Pero se lo da y sube enseguida, señora –dice Ramona.
Suena el timbre del portero eléctrico. Hortensia atiende, baja y se encuentra con un muchacho joven de gorra que le da un beso. Le entrega el cofre y sube rápido por el ascensor. Ramona la espera en la puerta.
–¿Y?
–Le di el cofre. Me dio miedo que lo abriera ahí delante mío, pero no, como dijiste se fue corriendo.
–Dame tu teléfono. Vamos a hacerle un mensajito: “Los viejos no somos zonzos. Estaba pesado el botín ¿no? ¡Qué ilusión encontrar esas piedritas del baño de la gata! ¡Me hubiera gustado verte la cara!
–¿Contesta?
–No va a contestar.
Marisa Gomez